🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)
“Por lo tanto, ya no hay condenación para los que pertenecen a Cristo Jesús.”
Romanos 8:1 (NTV)
Introducción
La culpa tiene buena memoria. Puede traer delante de nosotros errores que Dios ya perdonó y hablarnos como si todavía estuviéramos esperando una sentencia. También puede empujarnos a justificarnos, ocultarnos o castigarnos a nosotros mismos, como si nuestro sufrimiento pudiera pagar lo que hicimos. Sin embargo, Romanos 8:1 anuncia una verdad que cambia por completo la situación del pecador que ha acudido a Cristo, “ya no hay condenación para los que pertenecen a Cristo Jesús”
Este versículo no habla que el pecado carezca de importancia ni que todas las personas estén automáticamente libres de condenación. Afirma que quienes están unidos a Cristo, por haberlo recibido como Salvador, ya no se encuentran bajo la sentencia de Dios. Cristo recibió en la cruz la condenación que merecían y resucitó para su justificación. Por eso, ante la culpa por el pecado, Romanos 8:1 nos enseña cómo descansar en Cristo, no negando nuestra culpa, sino confesándola y confiando en la obra completa del Hijo de Dios.

Contexto
Al final de Romanos 7, Pablo describe el dolor de comprobar que el pecado todavía actúa en él. No presenta a un hombre satisfecho consigo mismo, sino a alguien que exclama: “¡Miserable de mí” ¿Quién me libertará de esta vida dominada por el pecado y la muerte?». La respuesta no está en su fuerza, disciplina o capacidad para compensar sus faltas. La respuesta es Jesús.
Romanos 8 comienza con “por lo tanto”. Esa expresión une la lucha del capítulo anterior con la seguridad que Dios concede en Cristo. El creyente todavía combate contra el pecado, necesita arrepentirse y puede experimentar la disciplina amorosa del Padre, pero ya no está ante Dios como un acusado que espera ser condenado. Está en Cristo, y Cristo ya recibió su condenación.
Esto no nos libra que nuestra conciencia nunca vuelva a acusarnos. Significa que la acusación ya no puede cambiar el veredicto de Dios sobre quienes han creído en su Hijo. La conciencia puede señalar un pecado que debemos confesar, pero no puede añadir nada a la sentencia que Cristo soportó en la cruz.
Puedes ampliar esta enseñanza en el siguiente devocional:

Tres razones para cambiar
I. Nuestra culpa es real
“Obviamente, la ley se aplica a quienes fue entregada, porque su propósito es evitar que la gente tenga excusas y demostrar que todo el mundo es culpable ante Dios.”
Romanos 3:19 (NTV)
No podemos comprender el consuelo de Romanos 8:1 si primero rebajamos la gravedad del pecado. La ley de Dios cierra nuestra boca y derriba nuestras excusas. Hemos pecado con nuestros pensamientos, palabras, decisiones y deseos. Ninguna comparación con otras personas puede declararnos inocentes delante de Dios.
Cuando intentamos aliviar la culpa negando el pecado, solo escondemos una herida que continúa abierta. Tampoco sirve alimentar una culpa interminable, porque eso supone que nuestro propio sufrimiento puede expiar lo que hicimos. El arrepentimiento reconoce la culpa, abandona las excusas y acude a la misericordia de Dios. La gracia no llama inocente al pecado, anuncia que Cristo pagó por pecadores culpables.

II. Podemos acercarnos a Dios
“Entremos directamente a la presencia de Dios con corazón sincero y con plena confianza en él. Pues nuestra conciencia culpable ha sido rociada con la sangre de Cristo a fin de purificarnos, y nuestro cuerpo ha sido lavado con agua pura.”
Hebreos 10:22 (NTV)
La culpa suele empujarnos a escondernos de Dios, pero el evangelio nos llama a acercarnos a Él. No debemos presentarnos fingiendo que no hemos pecado ni prometiendo que jamás volveremos a fallar. Debemos venir con sinceridad, confesar nuestro pecado y confiar en la sangre de Cristo.
Si has pecado, no huyas del Señor. Reconoce concretamente lo que hiciste, abandona lo que le desagrada y descansa en la promesa de Dios. Si dañaste a otra persona, pide perdón y procura reparar el daño cuando sea posible. El perdón de Dios no convierte el arrepentimiento en algo innecesario, precisamente porque hemos recibido gracia, ya no necesitamos ocultarnos y podemos andar en obediencia.

III. Cristo canceló nuestra deuda
“Él anuló el acta con los cargos que había contra nosotros y la eliminó clavándola en la cruz.”
Colosenses 2:14 (NTV)
Dios no ignoró los cargos que había contra nosotros. Los puso sobre Cristo. En la cruz, el Hijo de Dios recibió el castigo que correspondía a su pueblo y satisfizo plenamente la justicia de Dios. La deuda no quedó aplazada ni reducida, fue cancelada.
Por eso, quien está en Cristo no necesita vivir intentando pagar una deuda que el Salvador ya pagó. Cuando el pecado confesado vuelve a nuestra memoria, podemos responder con la verdad, mi esperanza no descansa en que yo haya sufrido bastante, sino en que Cristo sufrió por mí. Su sacrificio es suficiente y su resurrección confirma que la obra fue aceptada por el Padre.

Cristo es el centro
“Sin condenación” no es una frase para tranquilizar superficialmente a cualquiera. Es el veredicto de Dios sobre quienes están en Cristo Jesús. Fuera de Cristo, el pecador continúa bajo condenación y necesita arrepentirse y creer. En Cristo, el pecador arrepentido recibe perdón, justicia y una nueva relación con Dios.
Jesús no vino solamente a enseñarnos a manejar la culpa. Vino a cargar con ella. Vivió en perfecta obediencia, murió en lugar de pecadores y resucitó victorioso. Quien cree en Él deja de apoyarse en sus méritos y descansa en la justicia de Cristo. El Espíritu Santo no utiliza la culpa para mantener al creyente encadenado al pasado, le muestra su pecado, lo conduce al arrepentimiento y le recuerda lo que Cristo ha hecho.
Quizá hoy tu conciencia te acusa por algo concreto. Si no lo has confesado, no lo encubras. Ven a Cristo, arrepiéntete y cree en Él. Si ya lo has confesado y abandonado, no te declares culpable cuando Dios te ha justificado. La cruz de Cristo tiene más autoridad que tus sentimientos y la Palabra de Dios tiene la última palabra, para quien pertenece a Cristo Jesús, ya no hay condenación.
Lectura completa del pasaje
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