🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)
“¡Cuán bueno, Señor, es darte gracias y entonar, oh Altísimo, salmos a tu nombre!”
Salmos 92:1, NVI
Qué fácil es ser agradecido cuando todo va bien, hay días en los que damos gracias con facilidad, una puerta se abre, una preocupación se resuelve o recibimos una buena noticia. Pero ¿qué ocurre cuando el no es así? Salmos 92:1 nos enseña que dar gracias al Señor no depende de que todo vaya como deseamos. Es bueno agradecerle porque Él sigue siendo el Altísimo, digno de nuestra alabanza en todo tiempo.
La gratitud bíblica no consiste en negar el dolor ni en fingir que no existen problemas. Consiste en reconocer quién es Dios en medio de ellos. Cuando el creyente da gracias, recuerda que el Señor gobierna, que su misericordia no cambia y que Cristo sigue siendo suficiente.

Contexto
El Salmo 92 fue escrito como un cántico para el día de reposo. El pueblo de Dios se reunía para apartar su mirada de sus tareas y volver a contemplar al Señor. El salmista comienza, no con una petición, sino con gratitud y alabanza. Antes de hablar de los impíos, de las obras de Dios o de la prosperidad de los justos, afirma una verdad sencilla: es bueno dar gracias al Señor.
No es una obligación fría. Es bueno para nosotros porque la gratitud pone a Dios en el lugar que le corresponde y desenmascara nuestra tendencia a vivir centrados en nosotros mismos. Puedes ampliar esta enseñanza en el siguiente devocional:
Alaba al Dios sabio y poderoso

Tres razones para cambiar
I. Porque el pecado nos vuelve ingratos
El corazón humano puede recibir cada día el cuidado de Dios y, aun así, vivir como si todo le fuera debido. Respiramos, trabajamos, comemos, descansamos y somos sostenidos por el Señor, pero la queja constante revela que hemos dejado de mirar sus dones.
“Porque la gente estará llena de egoísmo y avaricia. Serán fanfarrones y orgullosos, blasfemarán contra Dios, serán desobedientes a sus padres y malagradecidos. No considerarán nada sagrado.”
2 Timoteo 3:2, NTV
La ingratitud no es un detalle pequeño. Muestra un corazón que desea recibir los bienes de Dios sin amar al Dios que los da. Necesitamos arrepentirnos de tratar sus misericordias como si fueran nuestros derechos.

II. Porque Dios nos llama a agradecer en toda situación
Dar gracias no significa llamar bueno a lo malo. El mal sigue siendo mal, el sufrimiento duele y el creyente puede llorar delante de Dios. Pero aun en la prueba, el Señor permanece fiel, cercano y soberano.
“Den gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús.”
1 Tesalonicenses 5:18, NVI
La respuesta es acudir al Padre con sinceridad, presentarle nuestra carga y agradecerle por lo que ya sabemos de Él. Podemos dar gracias porque Cristo ha cargado con nuestro pecado, porque Dios no nos abandona y porque su voluntad nunca deja de ser sabia.

III. Porque Cristo convierte nuestra alabanza en una ofrenda agradable
No llegamos a Dios por nuestros méritos ni por la fuerza de nuestras palabras. Nos acercamos por medio de Jesucristo. Él murió por nuestros pecados, resucitó y nos abrió el camino al Padre. Por eso la alabanza del creyente no descansa en un día fácil, sino en una salvación segura.
“Por medio de Jesús, por lo tanto, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre.”
Hebreos 13:15, NVI
Cuando confiamos en Cristo, la gratitud deja de ser una emoción pasajera. Se vuelve una respuesta perseverante: confesamos su nombre, hablamos de su gracia y seguimos adorándole cuando nuestras circunstancias no cambian de inmediato.

Cristo es el centro
Jesús dio gracias al Padre y obedeció plenamente su voluntad, incluso cuando esa obediencia le condujo a la cruz. Allí llevó la culpa de nuestro orgullo, nuestra queja y nuestra incredulidad. Por su muerte somos perdonados, por su resurrección tenemos esperanza.
No esperes a que todo esté resuelto para comenzar a agradecer. Ven a Cristo con tu carga real. Pídele que limpie tu corazón, que te enseñe a reconocer sus misericordias y que ponga en tus labios una alabanza sincera. Él no solo te manda dar gracias: te da una razón eterna para hacerlo.
Lectura completa del pasaje
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