🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)
“Ustedes son la luz del mundo, como una ciudad en lo alto de una colina que no puede esconderse. Nadie enciende una lámpara y luego la pone debajo de una canasta. En cambio, la coloca en un lugar alto donde ilumina a todos los que están en la casa. De la misma manera, dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial.”
Mateo 5:14-16 (NTV)
Introducción
Una lámpara no se enciende para que todos admiren la lámpara, sino para que puedan ver lo que la luz ilumina. De la misma manera, el creyente no ha sido llamado a llamar la atención sobre sí mismo. Su conducta, sus palabras y sus buenas obras deben señalar a Cristo y llevar a otras personas a glorificar al Padre.
Mateo 5:14-16 responde al temor de mostrar la fe y enseña cómo vivir unidos a Cristo para que nuestras buenas obras glorifiquen al Padre. Jesús no dijo que sus discípulos debían fabricar su propia luz. Él afirmó: “Ustedes son la luz del mundo”. Quienes han recibido la vida de Cristo ya no deben esconder lo que Dios ha hecho en ellos.
El problema aparece cuando callamos por temor al rechazo, cuando acomodamos nuestra conducta para ser aceptados o cuando hacemos cosas buenas buscando reconocimiento. En ambos casos, la mirada deja de dirigirse a Cristo. La luz queda escondida o es utilizada para engrandecer a la persona. Jesús enseña algo diferente, debemos vivir de tal manera que otros puedan ver nuestras obras y reconocer la bondad de nuestro Padre celestial.

Contexto
Mateo 5:14-16 forma parte del Sermón del Monte. Jesús está hablando a sus discípulos después de describir el carácter de quienes pertenecen al reino de Dios. Los llama pobres en espíritu, misericordiosos, limpios de corazón, pacificadores y personas dispuestas a sufrir por causa de la justicia.
Por tanto, ser la luz del mundo no consiste simplemente en mostrar amabilidad o realizar acciones solidarias. Es vivir como discípulos de Cristo en medio de un mundo que se ha apartado de Dios. La luz se manifiesta cuando obedecemos la Palabra de Dios, amamos al prójimo, rechazamos el pecado, hablamos la verdad y confesamos a Cristo sin avergonzarnos.
La ciudad situada sobre una colina no puede ocultarse y la lámpara encendida no debe colocarse debajo de una canasta. Dios salva a sus hijos y los coloca donde su nueva vida pueda ser vista, en la familia, en el trabajo y entre quienes todavía no conocen al Señor.
Puedes ampliar esta enseñanza en el siguiente devocional:

I. Preferimos escondernos en la oscuridad
El mundo necesita luz porque permanece en oscuridad. El pecado no solamente cambia la conducta, también ciega el entendimiento. Por eso muchas personas rechazan el evangelio, llaman bueno a lo malo y no reconocen la gloria de Cristo.
“Satanás, quien es el dios de este mundo, ha cegado la mente de los que no creen. Son incapaces de ver la gloriosa luz de la Buena Noticia. No entienden este mensaje acerca de la gloria de Cristo, quien es la imagen exacta de Dios.”
2 Corintios 4:4 (NTV)
El creyente también puede esconder su testimonio. Puede sentir vergüenza de hablar de Cristo, guardar silencio para evitar críticas o imitar la conducta de quienes no obedecen a Dios. Otras veces busca ser admirado por sus obras y termina ocupando el lugar que solamente corresponde al Señor.
La pregunta no es si los demás ven que somos personas agradables. La pregunta es si nuestra manera de vivir les ayuda a comprender quién es Cristo. Una buena conducta que nunca apunta al Salvador puede producir admiración, pero no necesariamente conduce a la fe ni a la gloria de Dios.

II. Vive de una manera que confirme tus palabras
Jesús relaciona la luz con las buenas obras. No basta con decir que creemos en Cristo mientras nuestras decisiones contradicen sus mandamientos. La fe verdadera se hace visible mediante una vida de obediencia.
“Procuren llevar una vida ejemplar entre sus vecinos no creyentes. Entonces, aun cuando ellos los acusen de actuar mal, verán el comportamiento honorable de ustedes y le darán honra a Dios cuando él juzgue al mundo.”
1 Pedro 2:12 (NTV)
Mostrar la luz significa actuar con honradez cuando podríamos aprovecharnos, perdonar cuando hemos sido heridos, servir sin exigir reconocimiento y hablar con gracia cuando otros responden con dureza. También significa reconocer nuestro pecado, pedir perdón y corregir aquello que no honra al Señor.
No podemos obligar a nadie a creer, pero sí debemos evitar que nuestra conducta oscurezca el mensaje que anunciamos. Nuestras obras no sustituyen la predicación del evangelio, pero deben confirmarla. La vida del creyente y sus palabras han de señalar en la misma dirección, hacia Jesucristo.

III. La luz procede de Dios y muestra la gloria de Cristo
La esperanza del creyente no descansa en su capacidad para mantener una conducta impecable. La luz no nace de nosotros. Dios es quien ilumina el corazón y nos permite conocer su gloria en Jesucristo.
“Pues Dios, quien dijo: «Que haya luz en la oscuridad», hizo que esta luz brille en nuestro corazón para que podamos conocer la gloria de Dios que se ve en el rostro de Jesucristo.”
2 Corintios 4:6 (NTV)
Dios hace brillar su luz donde antes había incredulidad, orgullo y desobediencia. El Espíritu Santo abre nuestro entendimiento, nos lleva al arrepentimiento y nos muestra la gloria de Cristo. Después comienza a transformar nuestra conducta para que otras personas puedan ver las consecuencias de su gracia.
Esto nos libra tanto de la vergüenza como del orgullo. No tenemos que ocultar nuestra fe, porque el evangelio es poder de Dios para salvación. Tampoco podemos presumir de nuestras obras, porque todo lo bueno que hay en nosotros procede de la gracia de Dios.

Cristo es el centro
Jesucristo no es solamente un ejemplo de cómo debemos vivir. Él es la verdadera luz que vino al mundo para rescatar a quienes estaban en oscuridad. Vivió en completa obediencia al Padre, murió en la cruz cargando con el pecado de su pueblo y resucitó para darle una vida nueva.
Nuestras buenas obras no pueden borrar nuestra culpa ni conseguir la salvación. Necesitamos arrepentirnos y confiar en Cristo. Solamente unidos a Él podemos vivir como hijos de la luz. Separados de Cristo, nuestras obras pueden parecer admirables ante las personas, pero no pueden reconciliarnos con Dios.
Cuando Cristo transforma el corazón, dejamos de vivir para proteger nuestra imagen. Podemos servir sin buscar aplausos, hablar del evangelio sin avergonzarnos y reconocer nuestras faltas sin esconderlas. Entonces nuestra vida comienza a decir: “No me mires a mí como si la luz fuera mía; mira a Cristo, que tuvo misericordia de mí”.
Una luz que apunta a Cristo no busca seguidores para sí misma. Desea que las personas conozcan al Hijo, se arrepientan, confíen en Él y glorifiquen al Padre.
Lectura completa del pasaje
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