🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)
Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.
Colosenses 3:15 — RV60
Introducción
En una conversación podemos coincidir en casi todo y terminar enfrentados por una sola diferencia. A veces basta con que alguien cuestione nuestra propuesta para que dejemos de escuchar y comencemos a defendernos. Lo que estaba en juego era una decisión, ahora parece estar en juego nuestro valor como personas.
Colosenses 3:15 nos enseña a dejar que la paz de Dios gobierne el corazón. Esa paz debe orientar cómo escuchamos, hablamos y afrontamos nuestras diferencias. Pablo une este mandato al llamamiento a formar un solo cuerpo y a una exhortación sencilla, ser agradecidos. Dios nos ha dado algo que debemos cuidar juntos.

Contexto
Pablo viene explicando cómo debe vivir quien pertenece a Cristo. En Colosenses 3:12-14 habla de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón y amor. Esas actitudes preparan el sentido de nuestro versículo, la paz debe gobernar en personas que están aprendiendo a tratarse de esa manera.
La expresión “en un solo cuerpo” muestra que el mandato alcanza nuestras relaciones con otros creyentes. El corazón importa, y también lo que hacemos con aquello que sentimos. La paz que recibimos de Dios debe hacerse visible en nuestra convivencia.
Después, Pablo añade que la palabra de Cristo habite abundantemente en ellos y que todo se haga en el nombre del Señor Jesús. Por tanto, esta paz camina junto a la enseñanza de Cristo y a la obediencia a él.
Puedes ampliar esta enseñanza en el siguiente devocional:
La armonía que Dios da a su Iglesia

Tres razones para cambiar
I. Que gobierne su paz
Pablo utiliza una palabra que reclama autoridad: “gobierne”. La paz de Dios debe tener peso real en lo que decidimos, en nuestras palabras y en nuestra manera de responder.
Podemos sentir irritación y, aun así, escuchar hasta el final. Podemos estar convencidos de una opinión y explicar nuestras razones con respeto. Podemos reconocer una falta y hablar de ella sin humillar a quien la cometió. La paz comienza a gobernar cuando sometemos nuestra respuesta a lo que Cristo nos enseña.
Esto tampoco convierte una sensación de tranquilidad en una aprobación de Dios. Podemos sentirnos cómodos con una decisión equivocada. El contexto dirige nuestra atención al amor, la paciencia, el perdón y la palabra de Cristo. Es ahí donde aprendemos qué respuesta corresponde a la paz que Dios nos ha dado.
Piensa en una conversación que tengas pendiente. Antes de entrar en ella, considera qué deseas conseguir. ¿Buscas aclarar lo ocurrido y hacer lo que agrada al Señor? ¿Estás dispuesto a escuchar algo que pueda corregirte? Pide a Dios que su paz gobierne también el tono de tu voz y las palabras que elijas.

II. Cuida lo que nos une
Pablo recuerda que fuimos llamados “en un solo cuerpo. Nuestra relación con Cristo nos une a otras personas que también le pertenecen. Esa pertenencia compartida debe contar cuando aparecen diferencias.
Podemos tener gustos distintos, valorar una propuesta de manera diferente o necesitar más tiempo para comprendernos. El llamamiento de Dios nos enseña a afrontar esas diferencias recordando quiénes somos delante de él. El otro creyente es alguien a quien Cristo ha recibido y con quien estamos llamados a vivir.
Por eso merece la pena preguntar antes de atribuir intenciones. Merece la pena explicar una preocupación directamente a la persona implicada. Y merece la pena reconocer una equivocación aunque eso nos obligue a cambiar de postura.
Cuidar la unidad también requiere hablar con verdad cuando algo está mal. El amor y la paciencia mencionados en el contexto nos enseñan cómo hacerlo. Una conversación sincera puede resultar incómoda y, sin embargo, ayudar a recuperar la paz.
Si hay un desacuerdo, comienza por escuchar con atención. Quizá sigáis pensando de manera distinta después de hablar. Aun así, podéis trataros con respeto, reconocer lo que compartís en Cristo y buscar juntos una respuesta fiel a su Palabra.

III. Vive agradecido
El versículo termina con un mandato breve: “y sed agradecidos”. La gratitud forma parte de esta vida gobernada por la paz de Dios.
Cuando convivimos con otros, podemos acostumbrarnos tanto al bien que recibimos que dejamos de reconocerlo. Recordamos con facilidad una palabra desafortunada y olvidamos meses de ayuda. Detectamos lo que falta, pero apenas mencionamos lo que alguien ha hecho con generosidad.
Ser agradecidos nos lleva a reconocer bienes concretos. Podemos dar gracias a Dios por una persona que nos ha acompañado, por una corrección que nos ayudó o por una reconciliación que parecía difícil. También podemos expresar esa gratitud a quienes han sido instrumentos de su cuidado.
La gratitud puede estar presente mientras resolvemos una dificultad. Podemos hablar de lo que necesita cambiar y reconocer al mismo tiempo lo bueno que hemos recibido. Ambas cosas son verdaderas.
Hoy puedes comenzar con algo sencillo, identifica una ayuda que hayas recibido y agradécela. Díselo a Dios y, cuando corresponda, a la persona. Así damos lugar en nuestras conversaciones al bien que el Señor ha hecho.

Cristo es el centro
La paz de la que habla Pablo pertenece a la vida que tenemos en Cristo. El Hijo de Dios murió por nuestros pecados y resucitó, por medio de él somos reconciliados con Dios. El perdón del Señor, mencionado en el contexto, sostiene nuestro llamamiento a perdonarnos y vivir unidos.
Cristo nos ha recibido por su gracia. Recordarlo cambia la manera de mirar a quienes también le pertenecen. Podemos escuchar, reconocer nuestras faltas y procurar la paz porque nuestra aceptación delante de Dios descansa en el Salvador.
Lectura completa del pasaje
Leer Colosenses 3 en Biblia TRC
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Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.
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