Sobre Jesús García Morcillo

Pastor y ministro de culto en Albacete (España), graduado en Teología por la FTUEBE y miembro del Colegio de Pastores de la UEBE. Prepara, redacta y revisa personalmente los devocionales de Tres Razones para Cambiar para explicar la Biblia, presentar a Jesucristo y aplicar la Palabra de Dios a la vida diaria.

Cómo se elaboran los devocionales · Conoce el ministerio

Jesús García Morcillo, pastor y autor de los devocionales

Autor: Jesús Morcillo

  • Tememos a las personas más que a Dios

    Tememos a las personas más que a Dios

    🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

    “Yo, sí, yo soy quien te consuela. Entonces, ¿por qué les temes a simples seres humanos que se marchitan como la hierba y desaparecen?”

    Isaías 51:12

    INTRODUCCIÓN

    Una opinión puede condicionarnos más de lo que queremos reconocer. Callamos para evitar problemas, cambiamos una decisión para no decepcionar a alguien, buscamos aprobación antes de obedecer a Dios o pasamos horas preocupados por lo que una persona pueda pensar, decir o hacer contra nosotros. El temor al hombre puede llegar a ocupar un lugar que solamente corresponde al Señor.

    Isaías 51:12 confronta precisamente ese temor. Dios pregunta a su pueblo por qué teme a seres humanos que son pasajeros como la hierba, mientras olvida al Señor que puede consolarlo. El problema no consiste en reconocer que otras personas pueden herirnos o causarnos dificultades. El problema comienza cuando su poder se vuelve tan grande ante nuestros ojos que dejamos de mirar quién es Dios. Isaías 51:12 nos enseña cómo vencer el temor a las personas recordando quién es Dios y descansando en su cuidado.

    CONTEXTO

    Isaías 51 habla a un pueblo que necesitaba consuelo. Jerusalén había conocido aflicción, juicio y amenaza, pero Dios llama repetidamente a su pueblo a escucharle. El Señor les recuerda de dónde los había sacado, lo que había prometido y quién era Él. La respuesta al temor no comienza mirando al enemigo, sino recordando al Dios que permanece fiel.

    Por eso las palabras del versículo 12 son tan directas: “Yo, sí, yo soy quien te consuela”. Dios pone frente a frente dos realidades. Por un lado está el Señor, eterno, poderoso y fiel. Por otro, el ser humano, que se marchita como la hierba. Cuando olvidamos esta diferencia, las personas pueden parecernos enormes y Dios puede terminar ocupando un lugar demasiado pequeño en nuestros pensamientos.

    El versículo siguiente lleva todavía más lejos la reprensión, el temor había crecido porque el pueblo había olvidado al Señor, su Creador. Ese es el corazón del problema. No siempre dejamos de creer que Dios existe; muchas veces simplemente vivimos durante unas horas, unos días o incluso años como si la opinión, la amenaza o el rechazo de una persona tuviera más peso que la presencia de Dios.

    Puedes ampliar esta enseñanza en el siguiente devocional:

    Confiar en Dios y no en la fuerza humana en Salmo 20:7

    TRES RAZONES PARA CAMBIAR

    I. PORQUE EL TEMOR A LAS PERSONAS PUEDE TERMINAR GOBERNANDO NUESTRAS DECISIONES

    El temor al hombre no siempre aparece como pánico. Puede esconderse detrás de nuestra necesidad de agradar, de evitar una conversación necesaria, de recibir reconocimiento o de no quedar mal delante de otros. Podemos saber perfectamente lo que Dios dice y, sin embargo, terminar preguntándonos primero: “¿Qué pensarán de mí?”.

    Ese temor se convierte en un problema cuando determina nuestra obediencia. Si sabemos que debemos hablar con verdad pero callamos por miedo, el temor está gobernando. Si sabemos que debemos apartarnos del pecado pero continuamos porque queremos ser aceptados, el temor está gobernando. Si nuestra paz depende continuamente de la aprobación de otros, hemos entregado a las personas un poder que no les corresponde.

    La Palabra de Dios lo expresa con claridad:

    “El temor del hombre pondrá lazo;
    Mas el que confía en Jehová será exaltado.”

    Proverbios 29:25

    Un lazo atrapa. Eso hace el temor al hombre. Nos hace medir nuestras palabras, nuestra obediencia e incluso nuestra identidad por la reacción de otras personas.

    Isaías 51:12 rompe ese engaño recordándonos algo muy sencillo, las personas son personas. Pueden tener autoridad, influencia e incluso capacidad para hacernos daño, pero siguen siendo criaturas limitadas. No son Dios. No gobiernan nuestra vida. No tienen la última palabra.

    Necesitamos preguntarnos con sinceridad: ¿hay alguna persona cuya opinión temo más que desobedecer al Señor?

    II. PORQUE DIOS NOS LLAMA A TEMERLE A ÉL Y OBEDECER SU PALABRA

    La solución al temor al hombre no consiste en volvernos arrogantes, insensibles o despreocupados por los demás. La Biblia no nos enseña a decir: “No me importa nadie”. Nos enseña algo mucho mejor, colocar a cada persona en su lugar justo y reconocer a Dios como Señor.

    Jesús habló con enorme claridad acerca de esto:

    “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.”

    Mateo 10:28

    Cristo no niega que los hombres puedan hacernos daño. Precisamente reconoce que pueden llegar incluso a matar el cuerpo. Sin embargo, establece un límite: hasta ahí llega su poder. Por encima de todos está Dios.

    Esto cambia nuestra manera de actuar. Cuando llega el momento de escoger entre agradar a una persona y obedecer al Señor, obedecemos al Señor. Cuando decir la verdad puede costarnos aceptación, decimos la verdad con amor. Cuando nuestra fidelidad a Cristo provoca rechazo, no respondemos con orgullo ni agresividad, pero tampoco escondemos nuestra fe.

    Quizá hoy tu temor tenga un nombre concreto. Puede ser un jefe, un familiar, un amigo, alguien con autoridad o simplemente ese grupo de personas cuya aprobación necesitas continuamente. Lleva ese temor delante de Dios. Reconócelo. Pide perdón si te ha llevado a desobedecer y vuelve a colocar tu confianza donde debe estar.

    No necesitas convertirte en una persona que no siente miedo. Necesitas aprender a obedecer a Dios incluso cuando lo sientes.

    III. PORQUE EL SEÑOR ES NUESTRO AYUDADOR Y NO NOS ABANDONA

    Isaías 51:12 no comienza con una reprimenda, sino con consuelo: “Yo, sí, yo soy quien te consuela”.

    Esto es importante. Dios no simplemente dice: “Deja de tener miedo”. Antes recuerda a su pueblo quién está con ellos. La seguridad del creyente no nace de repetir que todo saldrá bien, sino de saber quién es el Señor y descansar en su fidelidad.

    Por eso podemos decir:

    “El Señor es mi ayudador; no temeré
    Lo que me pueda hacer el hombre.”

    Hebreos 13:6

    Observa el orden. Primero: “El Señor es mi ayudador”. Después: “no temeré”. La confianza no nace de negar el peligro, sino de conocer al Dios que está con nosotros.

    Puede que una persona te rechace. Puede que alguien hable injustamente de ti. Puede que obedecer a Cristo tenga consecuencias. Dios nunca ha prometido que seguirle nos librará de toda oposición humana. Lo que sí ha prometido es que los suyos nunca estarán fuera de sus manos.

    Cuando esta verdad gobierna el corazón, la opinión de las personas deja de ser nuestro juez. Podemos escuchar consejos, reconocer nuestros errores, pedir perdón cuando sea necesario y recibir corrección con humildad, pero ya no necesitamos vivir esclavizados por la aprobación humana.

    Nuestro descanso está en Dios.

    CRISTO ES EL CENTRO

    Jesucristo conoció como nadie el rechazo de los hombres. Fue despreciado, acusado falsamente, abandonado y condenado. Las autoridades religiosas se levantaron contra Él, Pilato cedió ante la presión de la multitud y quienes gritaban pedían su crucifixión. Sin embargo, Cristo no cambió su misión para conseguir la aprobación de los hombres.

    Él obedeció perfectamente al Padre.

    Nosotros no lo hemos hecho. Muchas veces hemos callado cuando debíamos hablar, hemos cedido cuando debíamos permanecer firmes y hemos buscado más la aprobación humana que la gloria de Dios. Por eso nuestra esperanza no puede estar en convertirnos simplemente en personas más valientes. Necesitamos un Salvador.

    Cristo llevó en la cruz el pecado de quienes hemos temido más al hombre que a Dios. Murió por pecadores y resucitó venciendo la muerte. En Él encontramos perdón por nuestras cobardías y gracia para comenzar de nuevo.

    Además, Cristo nos muestra hasta dónde puede llegar realmente el poder humano. Los hombres pudieron llevarlo a la cruz, pero no pudieron impedir su resurrección. La tumba no tuvo la última palabra. Dios la tuvo.

    Por eso el creyente puede mirar a las personas sin despreciarlas y sin temerlas como si fueran soberanas. Podemos amarlas, servirlas, respetarlas y, cuando corresponda, someternos a la autoridad que Dios ha establecido. Pero solamente Cristo es Señor.

    Cuando el miedo vuelva, recuerda Isaías 51:12. Pregúntate quién está delante de ti y después recuerda quién está por encima de esa persona.

    “Yo, sí, yo soy quien te consuela.”

    El hombre se marchita como la hierba. Cristo permanece para siempre.

    LECTURA COMPLETA DEL PASAJE

    Leer Isaías 51 en Biblia TRC

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    1. Confiar en Dios y no en la fuerza humana en Salmo 20:7
    2. La esperanza en Dios te hace valiente
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  • Abre las puertas al Rey de gloria

    Abre las puertas al Rey de gloria

    🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

    “¡Ábranse, portones antiguos! Ábranse, puertas antiguas, y dejen que entre el Rey de gloria.”

    Salmos 24:9

    INTRODUCCIÓN

    Salmos 24:9 contiene una orden solemne, las puertas deben abrirse porque llega el Rey de gloria. No se anuncia la llegada de alguien que viene a pedir permiso, sino la entrada del Señor, Aquel a quien pertenece la tierra y todo lo que hay en ella. El significado de Salmos 24:9 está unido a esta verdad: Dios es Rey, tiene autoridad y merece ser recibido y reconocido como tal.

    Sin embargo, precisamente ahí aparece nuestro problema. Nos resulta fácil buscar a Dios cuando necesitamos ayuda, protección o consuelo, pero otra cosa es reconocer su derecho a gobernarnos. Queremos que Dios abra puertas delante de nosotros, mientras nosotros podemos mantener cerradas algunas puertas delante de Él. Salmos 24:9 nos llama a dejar de resistir el gobierno de Dios y reconocer al Rey de gloria. La pregunta, por tanto, no es solamente qué significaban aquellas puertas en el Salmo, sino qué hacemos nosotros delante del Rey. ¿Nos rendimos ante Él o seguimos intentando gobernar nuestra vida sin someternos a su Palabra?

    CONTEXTO

    El Salmo 24 comienza mucho antes de hablar de puertas. David declara que la tierra, el mundo y quienes lo habitan pertenecen al Señor. Después pregunta quién puede subir al monte del Señor y permanecer en su lugar santo. La respuesta habla de manos limpias, corazón puro y una vida que no se entrega a la falsedad.

    Entonces llegamos a la parte final del Salmo. Aparece la imagen solemne de unas puertas que deben levantarse para recibir al Rey de gloria. El énfasis no está principalmente en las puertas, sino en quién está llegando. El Salmo responde: es el Señor fuerte y poderoso.

    Por eso debemos tener cuidado de no convertir inmediatamente esas puertas en una simple imagen sentimental del corazón. Primero debemos escuchar lo que el Salmo proclama: Dios es el Rey de gloria. Él es santo, poderoso y soberano. Todo le pertenece y nadie puede reclamar independencia delante de Él.

    Esta verdad cambia también nuestra manera de vivir. No somos propietarios absolutos de nuestra vida. Pertenecemos a Dios y necesitamos aprender a confiar en Él en lugar de sostenernos en nuestra propia fuerza.

    Puedes ampliar esta enseñanza en el siguiente devocional:

    Confiar en Dios y no en la fuerza humana en Salmo 20:7

    TRES RAZONES PARA CAMBIAR

    I. PORQUE QUEREMOS LOS BENEFICIOS DEL REY SIN SOMETERNOS AL REY

    Nuestro problema no consiste solamente en que hacemos cosas equivocadas. El pecado afecta a nuestra relación con Dios. Queremos ocupar un lugar que no nos corresponde y dirigir nuestra vida como si fuéramos nuestros propios señores.

    Podemos incluso reconocer que Dios existe, acudir a Él cuando tenemos problemas y agradecerle aquello que recibimos, pero resistirnos cuando su Palabra contradice nuestros deseos. Queremos que Dios bendiga nuestros planes, pero no siempre queremos preguntarnos si nuestros planes le agradan.

    La Escritura describe así el problema del corazón humano:

    “Es cierto, ellos conocieron a Dios pero no quisieron adorarlo como Dios ni darle gracias.”

    Romanos 1:21

    Este es un diagnóstico incómodo, pero necesario. El pecado no consiste únicamente en quebrantar unas normas. Consiste también en negarnos a darle a Dios el lugar que le corresponde.

    Salmos 24:9 nos coloca delante del Rey de gloria. Y delante de un Rey no podemos comportarnos como si nosotros ocupáramos el trono.

    Quizá el conflicto aparece en una decisión que ya hemos tomado sin consultar la Palabra de Dios, en una relación que sabemos que debemos ordenar, en un pecado que seguimos justificando o en una parte de nuestra vida que queremos controlar completamente. Podemos pedir que Dios nos ayude mientras, al mismo tiempo, nos resistimos a que Dios nos gobierne.

    Por eso necesitamos algo más profundo que solucionar nuestros problemas. Necesitamos reconocer nuevamente quién es el Rey.

    II. PORQUE ABRIR LAS PUERTAS SIGNIFICA RENUNCIAR A GOBERNARNOS A NOSOTROS MISMOS

    Reconocer a Cristo como Señor tiene consecuencias concretas. Jesús nunca presentó el discipulado como una forma de añadir ayuda espiritual a una vida que continuamos dirigiendo nosotros.

    Su llamado fue mucho más claro:

    “Entonces dijo a la multitud: «Si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su propia manera de vivir, tomar su cruz cada día y seguirme».”

    Lucas 9:23

    Seguir a Cristo significa dejar de colocarnos en el centro. No quiere decir que el creyente alcance una obediencia perfecta, sino que ya no desea vivir deliberadamente resistiendo el gobierno de Cristo.

    Por eso abrir las puertas al Rey de gloria tiene una aplicación muy concreta. Debemos preguntarnos dónde estamos resistiendo hoy la Palabra de Dios.

    Puede ser necesario perdonar. Puede haber un pecado que confesar y abandonar. Quizá necesitamos pedir perdón a alguien. Tal vez Dios está poniendo delante de nosotros una responsabilidad que llevamos tiempo evitando. O quizá hemos convertido nuestros planes, dinero, comodidad o reconocimiento en algo que defendemos incluso cuando nos aparta de la obediencia.

    La respuesta bíblica no consiste en negociar con Dios hasta encontrar una obediencia que nos resulte cómoda. Consiste en arrepentirnos, creer y obedecer.

    No hacemos esto para conseguir que Cristo nos ame. Lo hacemos porque hemos comprendido quién es Él. El Rey de gloria merece nuestra confianza y nuestra obediencia.

    III. PORQUE EL REY DE GLORIA ES TAMBIÉN NUESTRO SALVADOR

    Si solamente contempláramos la santidad y autoridad de Dios, tendríamos motivos para temblar. El Salmo ya ha preguntado quién puede estar delante del Señor, y nosotros sabemos que nuestro corazón no es limpio por naturaleza.

    Aquí aparece nuestra necesidad más profunda.

    No podemos abrirnos camino hasta Dios mediante nuestros méritos. Necesitamos que Dios nos rescate. Y eso es precisamente lo que encontramos en Cristo.

    “Pues él nos rescató del reino de la oscuridad y nos trasladó al reino de su Hijo amado, quien compró nuestra libertad y perdonó nuestros pecados.”

    Colosenses 1:13-14

    Observa el lenguaje: reino, Hijo, rescate, libertad y perdón.

    El evangelio no consiste en que nosotros conseguimos convertirnos en ciudadanos dignos del Reino. Dios rescata a pecadores y los lleva al reino de su Hijo.

    Cristo murió por pecadores y resucitó. Nuestra esperanza no descansa en haber abierto perfectamente todas las puertas de nuestra vida, sino en la obra perfecta del Hijo de Dios. Él perdona al que se arrepiente y cree, sostiene al débil y transforma progresivamente a quienes le pertenecen.

    Por eso someternos a Cristo no significa caer en manos de un tirano. Significa vivir bajo el gobierno del Rey que entregó su vida para salvar a su pueblo.

    Podemos dejar de defender nuestro pequeño reino porque hemos conocido al verdadero Rey.

    CRISTO ES EL CENTRO

    La pregunta que se repite al final del Salmo 24 es decisiva: “¿Quién es el Rey de gloria?”

    Al leer toda la Escritura, nuestra mirada termina dirigiéndose hacia Cristo. Jesús es el Hijo de Dios que vino a este mundo, fue rechazado por los hombres, murió en la cruz y resucitó. Aquel que fue humillado es también el Señor exaltado.

    Cristo no vino simplemente para ayudarnos a conseguir una vida más cómoda. Vino a salvar pecadores y formar un pueblo que viva bajo su gobierno.

    Por eso existe una diferencia enorme entre acudir a Jesús solamente cuando necesitamos algo y reconocer verdaderamente a Cristo como Señor. Podemos querer que sane nuestras heridas, calme nuestros temores, resuelva nuestros problemas familiares o nos ayude en una dificultad y, sin embargo, resistir su Palabra cuando nos llama al arrepentimiento.

    El evangelio nos lleva más lejos.

    Cristo murió precisamente por aquello que intentamos esconder. En la cruz cargó con el pecado de su pueblo. Resucitó venciendo la muerte y ahora podemos acercarnos a Dios confiando en Él.

    Por eso hoy no necesitas esconderte del Rey.

    Necesitas rendirte ante Él.

    Tal vez sabes perfectamente qué área de tu vida estás intentando mantener bajo tu propio gobierno. No necesitas justificarla ni prometer que algún día cambiarás. Puedes llevarla hoy delante de Cristo, confesar tus errores, pedir su perdón y comenzar a obedecer su Palabra.

    Abre las puertas al Rey de gloria.

    No porque Cristo necesite que nosotros le concedamos autoridad. Él ya es Señor. Hazlo porque necesitas dejar de vivir como si el trono te perteneciera.

    El Rey de gloria es también el Salvador de pecadores.

    LECTURA COMPLETA DEL PASAJE

    Leer Salmos 24 en Biblia TRC

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    Tres razones para cambiar

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    2. Demasiada carga
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  • Cuando llevamos problemas a nuestra propia casa

    Cuando llevamos problemas a nuestra propia casa

    🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

    “Los que traen problemas a su familia heredan el viento. El necio será sirviente del sabio.”

    Proverbios 11:29

    INTRODUCCIÓN

    Es posible trabajar mucho por nuestra familia, preocuparnos por ella e incluso decir que todo lo hacemos por su bien y, al mismo tiempo, estar introduciendo en casa aquello que termina dañándola. Una palabra hiriente, el orgullo que nunca reconoce una falta, decisiones egoístas, el deseo de imponer nuestra voluntad o una forma de vivir en la que siempre tienen que ceder los demás pueden convertir el hogar en un lugar difícil.

    Proverbios 11:29 advierte precisamente de esto: «Los que traen problemas a su familia heredan el viento». El significado de Proverbios 11:29 no se limita a una mala decisión económica ni a una discusión familiar concreta. Salomón señala una manera necia de vivir cuyas consecuencias alcanzan a quienes tenemos más cerca. Quien perjudica su propia casa cree que está ganando algo, pero finalmente «hereda el viento»: termina con las manos vacías. Por eso este texto nos obliga a preguntarnos no solamente qué recibimos de nuestra familia, sino qué estamos llevando nosotros a ella.

    La buena noticia es que Dios no se limita a mostrarnos el problema. Su Palabra nos lleva hasta Cristo, quien perdona al pecador, cambia el corazón y nos enseña a vivir con una sabiduría diferente.

    CONTEXTO

    Proverbios 11 reúne numerosas comparaciones entre el justo y el malvado, entre la sabiduría y la necedad, entre aquello que parece beneficioso durante un tiempo y aquello que verdaderamente permanece. En este contexto, el versículo 29 presenta una consecuencia especialmente seria, la necedad nunca afecta únicamente a quien la practica. Puede alcanzar a todo el hogar.

    La expresión «heredan el viento» describe el resultado vacío de esa manera de vivir. Quien intenta conseguir lo que quiere a costa de los demás puede creer durante un tiempo que está venciendo, pero termina perdiendo aquello que verdaderamente importa. Una casa puede tener bienes, comodidad y apariencia de estabilidad mientras sus relaciones se deterioran por el orgullo, la dureza, la avaricia o la falta de perdón.

    Este mismo asunto aparece de manera muy concreta en otro devocional publicado: Gritos llenos de pan
    Ese devocional parte precisamente de Proverbios 17:1 y trata la paz en casa frente a las contiendas familiares.

    TRES RAZONES PARA CAMBIAR

    I. POR QUÉ OCURRE EL PROBLEMA

    Los conflictos familiares pueden tener causas diferentes, pero la Biblia no permite que nos excuse­mos diciendo que todo se debe al carácter del otro. Muchas peleas comienzan mucho antes de que alguien levante la voz. Comienzan en un corazón que desea controlar, recibir, imponerse, tener razón o conseguir aquello que quiere.

    “¿Qué es lo que causa las disputas y las peleas entre ustedes? ¿Acaso no surgen de los malos deseos que combaten en su interior?”

    Santiago 4:1

    Santiago dirige nuestra mirada hacia dentro. Antes de preguntar por qué mi cónyuge, mis hijos, mis padres o mis hermanos actúan como actúan, la Palabra de Dios me llama a examinar mis propios deseos. Hay discusiones que aparentemente comenzaron por dinero, horarios, tareas, decisiones o comentarios, pero debajo puede existir orgullo, egoísmo, impaciencia o deseo de controlar.

    Proverbios 11:29 llama necio precisamente al que no reconoce esto. El necio siempre encuentra un culpable fuera de sí mismo. El sabio escucha la Palabra de Dios y permite que Dios le muestre primero su propio error. Allí comienza el cambio verdadero, no justificándonos, sino reconociendo delante de Dios aquello que estamos aportando al problema.

    II. CÓMO ACTUAR

    Reconocer que estamos haciendo daño no es suficiente. Dios nos llama a responder de una manera diferente. En una familia no podremos controlar las palabras, decisiones o actitudes de todos, pero sí somos responsables delante de Dios de cómo respondemos nosotros.

    “La respuesta amable desvía el enojo, pero las palabras ásperas encienden los ánimos.”

    Proverbios 15:1

    La sabiduría bíblica no consiste en ganar todas las discusiones, sino en aprender a hablar y actuar bajo el gobierno de Dios. Una respuesta amable no significa negar la verdad ni permitir el pecado. Significa decir la verdad sin utilizarla como arma, corregir sin humillar y buscar la reconciliación en lugar de alimentar el enfrentamiento.

    Quizá hoy necesites hacer algo muy sencillo y muy difícil a la vez, pedir perdón sin añadir después un «pero tú también». Tal vez necesites callar una respuesta que solamente aumentaría el conflicto. Puede que tengas que reconocer delante de tu familia que has actuado con orgullo, dureza o egoísmo.

    El arrepentimiento verdadero no consiste en lamentar solamente las consecuencias. Consiste en llamar pecado a lo que Dios llama pecado y comenzar a caminar en obediencia.

    III. QUÉ OCURRE CUANDO CONFIAMOS

    Aquí podría aparecer una carga difícil: «He cometido demasiados errores», «he herido a mi familia» o «ya no puedo reparar todo lo ocurrido». Proverbios 11:29 es una advertencia seria, pero la respuesta de Dios al pecador arrepentido no termina en la condenación.

    “Él mismo cargó nuestros pecados sobre su cuerpo en la cruz, para que nosotros podamos estar muertos al pecado y vivir para lo que es recto.”

    1 Pedro 2:24

    Cristo no vino solamente a enseñarnos a ser personas más agradables dentro de casa. Él llevó nuestros pecados sobre la cruz. Allí están también nuestro orgullo, nuestras palabras crueles, nuestro egoísmo, nuestra impaciencia y todo aquello con lo que hemos herido a otros.

    Eso significa que el creyente no tiene que esconder su pecado para proteger su imagen. Puede reconocerlo porque su esperanza no está en demostrar que siempre actuó bien, sino en Cristo. Y precisamente porque Cristo ha cargado con nuestro pecado, ahora somos llamados a «vivir para lo que es recto».

    Tal vez no puedas borrar una palabra pronunciada hace años ni cambiar decisiones del pasado. Pero por la gracia de Dios puedes arrepentirte hoy, pedir perdón, comenzar a obedecer y confiar en que Cristo sigue transformando a quienes se acercan a Él.

    CRISTO ES EL CENTRO

    Jesucristo conoció perfectamente lo que significa vivir entre pecadores y, sin embargo, nunca llevó pecado a quienes estaban a su alrededor. No respondió al desprecio con desprecio ni utilizó su poder para imponerse egoístamente. Vivió en perfecta obediencia al Padre y amó hasta entregar su propia vida.

    Nosotros no podemos presentarnos delante de Dios diciendo: «He sido un buen esposo», «he sido una buena madre», «he sido un buen hijo» o «yo no he provocado los problemas». Todos necesitamos la justicia de otro. Necesitamos a Cristo.

    En la cruz, el Hijo de Dios cargó con la culpa de pecadores. Allí encontramos perdón para aquello que hemos hecho y gracia para comenzar a vivir de otra manera. Cristo no solamente perdona al que ha llevado problemas a su casa; también cambia su corazón para que deje de vivir como antes.

    Por eso, si este proverbio te confronta, no intentes defenderte. Acércate a Dios. Reconoce aquello en lo que has pecado. Pide perdón a quienes hayas herido cuando corresponda. No esperes a que todos los demás cambien primero.

    La sabiduría comienza cuando dejamos de justificarnos y nos sometemos a Cristo. Él puede enseñarnos a hablar de otra manera, a servir en lugar de exigir, a perdonar porque hemos sido perdonados y a buscar el bien de quienes Dios ha puesto a nuestro lado.

    LECTURA COMPLETA DEL PASAJE

    Leer Proverbios 11 en Biblia TRC

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    Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.

    Ministerio
    Tres razones para cambiar

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  • ¿Eclipsado?

    ¿Eclipsado?

    🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

    “Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento despliega la destreza de sus manos.”

    Salmos 19:1

    INTRODUCCIÓN

    Hoy miércoles 12 de agosto, millones de personas levantarán la cabeza hacia el cielo. En una franja de España, la Luna llegará a cubrir completamente el Sol durante unos instantes, en muchos otros lugares la ocultación será casi total. Habrá cámaras, desplazamientos, gafas especiales y personas buscando el mejor lugar desde el que contemplar algo que probablemente recordarán durante años.

    Pero Salmos 19:1 nos invita a mirar un poco más lejos. El eclipse solar y la gloria de Dios según Salmos 19:1 nos plantean una pregunta sencilla: ¿sabemos contemplar la creación sin olvidar al Creador? El cielo puede maravillarnos y, aun así, nuestro corazón quedarse únicamente con el fenómeno. David miró hacia arriba y vio mucho más, vio una creación que proclama la gloria de Dios.

    CONTEXTO

    El Salmo 19 comienza contemplando los cielos, pero no termina allí. David ve que la creación da testimonio de Dios y después dirige su atención a la Palabra del Señor, que muestra al hombre cómo debe vivir. Finalmente termina examinando su propio corazón delante de Dios. El movimiento del salmo es importante, de los cielos al Creador, del Creador a su Palabra y de su Palabra a nuestro corazón.

    Eso es precisamente lo que necesitamos hacer ante algo tan extraordinario como un eclipse. No basta con decir: «Qué impresionante». La creación no fue hecha para detener nuestra mirada en sí misma. Nos está señalando a Aquel que la hizo.

    Puedes ampliar esta enseñanza en el siguiente devocional:

    No pueden borrar su huella

    La creación habla, pero no puede salvarnos. Puede mostrarnos que Dios existe y que somos criaturas suyas, pero necesitamos que Dios nos hable por su Palabra y nos conduzca a Cristo, porque nuestro problema no consiste solamente en desconocer cómo funciona el universo. Nuestro verdadero problema es que somos pecadores que necesitamos reconciliarnos con nuestro Creador.

    TRES RAZONES PARA CAMBIAR

    I. PODEMOS ADMIRAR LO CREADO Y OLVIDAR A QUIEN LO CREÓ

    Un eclipse puede despertar admiración incluso en alguien que nunca piensa en Dios. Podemos estudiar la trayectoria de la Luna, calcular porcentajes de ocultación, preparar cámaras y maravillarnos ante la precisión de todo lo que sucede. Nada de eso es malo. El problema comienza cuando conocemos cada detalle de la creación y no queremos reconocer al Creador.

    “Los dioses de las otras naciones no son más que ídolos, ¡pero el Señor hizo los cielos!”

    Salmos 96:5

    El pecado siempre intenta desplazar a Dios del centro. A veces lo hace mediante un ídolo evidente, otras veces simplemente nos enseña a disfrutar de los dones de Dios sin darle gracias al que los concede. Podemos maravillarnos ante el Sol y no adorar a quien hizo el Sol. Podemos emocionarnos ante el universo y continuar viviendo como si Dios no tuviera autoridad sobre nuestra vida.

    El eclipse debería hacernos pequeños. No controlamos el cielo. No hacemos avanzar la Luna ni sostenemos el Sol. Estamos contemplando una obra que nos recuerda nuestra condición de criaturas y la grandeza del Dios que gobierna lo que nosotros solamente podemos observar.

    II. DEJA QUE TU ASOMBRO TERMINE EN ALABANZA

    La respuesta bíblica no consiste en despreciar la ciencia ni dejar de disfrutar de la creación. Consiste en llegar hasta donde la creación quiere conducirnos, al reconocimiento, la gratitud y la alabanza a Dios.

    “¡Alábenlo, sol y luna! ¡Alábenlo, todas las estrellas brillantes!”

    Salmos 148:3

    Hoy podemos levantar los ojos al cielo y disfrutar de algo excepcional. Pero mientras otros solamente hablan del porcentaje de ocultación o de cuánto durará la oscuridad, el creyente puede recordar: «Mi Padre hizo todo esto».

    La fe cambia nuestra manera de contemplar el mundo. El cielo deja de ser solamente algo hermoso y se convierte en una razón para dar gracias. La precisión del universo nos recuerda que Dios no actúa con confusión. La inmensidad del cielo nos recuerda que nosotros no somos el centro. Y nuestra pequeñez no debe producir desesperación, porque el Dios que gobierna estrellas y planetas conoce también nuestro nombre, nuestras necesidades y nuestras cargas.

    No adores el espectáculo. Adora a Dios.

    III. EL CRISTO QUE TE SALVA ES TAMBIÉN QUIEN SOSTIENE LA CREACIÓN

    Aquí el evangelio lleva nuestra mirada todavía más lejos. El Nuevo Testamento no presenta a Cristo solamente como Maestro, profeta o ejemplo moral. Nos muestra al Hijo eterno de Dios, Señor sobre toda la creación.

    “Él ya existía antes de todas las cosas y mantiene unida toda la creación.”

    Colosenses 1:17

    El Sol que hoy veremos desaparecer parcialmente detrás de la Luna continúa bajo el gobierno de Cristo. Nada se ha salido de control. El universo no está abandonado a sí mismo. Cristo sostiene la creación.

    Y ese mismo Cristo vino a buscar y salvar pecadores.

    Esto transforma también nuestros temores cotidianos. Quizá hoy mires el eclipse mientras llevas dentro una preocupación que nadie conoce. Tal vez tu problema familiar, tu enfermedad, tu incertidumbre o aquello que estás esperando te parezca mucho más grande que cualquier otra cosa. Recuerda entonces quién es Cristo. Aquel que sostiene la creación es también el Salvador en cuyas manos puedes descansar.

    CRISTO ES EL CENTRO

    Los cielos cuentan la gloria de Dios, pero el evangelio nos muestra esa gloria de una manera todavía más cercana, Dios envió a su Hijo.

    Cristo entró en nuestra historia, tomó nuestra humanidad, vivió sin pecado y murió en la cruz por pecadores. Resucitó y reina. No necesitas encontrar a Dios observando señales extraordinarias en el cielo. Dios ha hablado claramente en su Hijo y llama a todo hombre a arrepentirse y confiar en Cristo.

    Por eso hoy, cuando el Sol vaya oscureciéndose durante unos minutos, recuerda algo que permanece cuando el espectáculo termina, Cristo sigue reinando.

    Cuando el eclipse haya pasado, cuando las personas hayan guardado sus gafas y cuando el Sol vuelva a verse con normalidad, la gloria de Dios continuará proclamándose en los cielos. Y la invitación del evangelio continuará siendo la misma: deja de vivir como si tú fueras el centro. Reconoce a tu Creador, arrepiéntete de tu pecado y descansa en Cristo.

    La creación es impresionante.

    Pero Cristo es Señor de la creación.

    LECTURA COMPLETA DEL PASAJE

    Puedes leer el capítulo completo aquí:

    Leer SALMOS 19 en Biblia TRC

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  • El gozo del Señor vuelve a darte fuerzas

    El gozo del Señor vuelve a darte fuerzas

    🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

    “Nehemías continuó diciendo: «Vayan y festejen con un banquete de deliciosos alimentos y bebidas dulces, y regalen porciones de comida a los que no tienen nada preparado. Este es un día sagrado delante de nuestro Señor. ¡No se desalienten ni entristezcan, porque el gozo del Señor es su fuerza!».”

    Nehemías 8:10 · NTV

    Introducción

    Puedes tener razones para estar triste y, sin embargo, Dios puede darte razones mayores para levantarte. El pueblo de Israel estaba llorando después de escuchar la Palabra de Dios. Habían comprendido cuánto se habían apartado del Señor, y aquello había tocado profundamente sus corazones. Pero Dios no quería que permanecieran hundidos en su tristeza.

    Nehemías 8:10 nos enseña cómo encontrar fuerza en Dios cuando estamos desanimados. El texto no presenta una alegría superficial ni una invitación a ignorar el pecado. El mismo Dios que por medio de su Palabra les mostró su condición también les recordó que podían volver a Él y disfrutar de su misericordia. El gozo del Señor podía sostenerlos precisamente cuando sus propias fuerzas ya no eran suficientes.

    Contexto

    El pueblo había regresado del exilio y Jerusalén estaba siendo restaurada. Esdras leyó públicamente la ley de Dios y los levitas ayudaron al pueblo a comprender lo que escuchaba. Cuando entendieron la Palabra, comenzaron a llorar. Descubrieron que muchas cosas de su vida no estaban conforme a lo que Dios había mandado.

    Sin embargo, aquel día había sido apartado para el Señor. Nehemías, Esdras y los levitas no les dijeron que la Palabra no debía producir arrepentimiento, sino que después de haber escuchado a Dios no debían quedarse encerrados en la desesperanza. Dios seguía tratando con ellos como su pueblo. Podían comer, celebrar y, además, compartir con aquellos que no tenían nada preparado.

    Por eso este pasaje está muy cerca de lo que vimos en el devocional Una alegría que no se viene abajo: el gozo que Dios da no depende de que todo alrededor funcione bien. Depende de quién es Dios y de la esperanza que Él concede a quienes confían en Él.

    TRES RAZONES PARA CAMBIAR

    I. El desánimo puede hacernos olvidar dónde está nuestra esperanza

    El pueblo tenía motivos para llorar. Había escuchado la Palabra y reconocido su pecado. El problema comenzaría si aquella tristeza terminara apartando sus ojos de Dios y encerrándolos únicamente en ellos mismos. También nosotros podemos llegar a ese punto. Vemos nuestra debilidad, nuestros errores o una situación que no conseguimos resolver, y poco a poco el desánimo empieza a ocupar todo el corazón.

    La Biblia no nos manda fingir que estamos bien. Nos enseña a hablarle a nuestro propio corazón y dirigirlo nuevamente hacia Dios. El salmista no niega su abatimiento; lo reconoce, pero no permite que tenga la última palabra.

    “¿Por qué te abates, oh alma mía,
    Y te turbas dentro de mí?
    Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
    Salvación mía y Dios mío.”

    Salmos 42:5 · RV60

    La respuesta al desánimo no consiste simplemente en intentar pensar de manera positiva. Consiste en volver a mirar a Dios. Si solo miramos lo que nos falta, lo que hemos perdido o aquello en lo que hemos fallado, terminaremos agotados. Cuando volvemos a recordar quién es Dios, el corazón encuentra nuevamente una razón para esperar.

    II. El gozo del Señor nos lleva a obedecer y también a compartir

    Nehemías no les dijo solamente que dejaran de llorar. Les dio instrucciones concretas: debían comer, beber y compartir con quienes no tenían nada preparado. El gozo que viene de Dios no nos encierra en nosotros mismos. Nos mueve a obedecer y a mirar también las necesidades de otros.

    Hay una diferencia entre buscar algo que simplemente nos haga sentir mejor y recibir el gozo que Dios da. Lo primero puede durar unas horas, lo segundo cambia nuestra manera de vivir. Quien sabe que Dios ha tenido misericordia de él puede abrir la mano, agradecer y dejar de vivir dominado por lo que le falta.

    “Alegraos en Jehová y gozaos, justos;
    Y cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón.”

    Salmos 32:11 · RV60

    El Señor no nos llama a esperar a que desaparezcan todos nuestros problemas para obedecerle con alegría. Nos llama a reconocer su bondad en medio de ellos. Por eso el gozo cristiano puede convivir con lágrimas reales, dificultades reales y días complicados. No nace de una vida sin problemas, sino de saber que pertenecemos a Dios.

    III. Cristo nos da un gozo que las circunstancias no pueden quitarnos

    Las palabras de Nehemías encuentran una profundidad todavía mayor cuando llegamos a Cristo. Jesús nunca prometió a sus discípulos una vida libre de tristeza. De hecho, les anunció que vendrían momentos dolorosos. Pero también les aseguró que aquella tristeza no tendría la última palabra.

    “También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.”

    Juan 16:22 · RV60

    El creyente puede perder muchas cosas, pero nadie puede deshacer lo que Cristo ha hecho por él. Jesús murió por nuestros pecados, resucitó y nos reconcilió con Dios. Por eso nuestra esperanza no descansa en que mañana todo salga como deseamos, sino en que Cristo vive y nosotros pertenecemos a Él.

    Cuando confiamos en Cristo, el gozo deja de depender exclusivamente de las noticias que recibimos, de nuestra salud, del dinero, del reconocimiento o de que nuestros planes se cumplan. Podemos llorar y seguir creyendo. Podemos atravesar una prueba y seguir esperando. Podemos estar cansados y, aun así, encontrar en el Señor la fuerza para continuar.

    CRISTO ES EL CENTRO

    La ley que escuchó Israel puso delante del pueblo su pecado. Esa misma Palabra nos recuerda que nosotros tampoco podemos presentarnos ante Dios confiando en nuestra propia obediencia. Necesitamos algo más que intentar hacerlo mejor; necesitamos un Salvador.

    Cristo hizo por nosotros lo que nosotros no podíamos hacer. Obedeció perfectamente al Padre, llevó sobre sí el castigo de nuestros pecados y resucitó. Por eso el creyente no tiene que vivir permanentemente aplastado por su culpa ni fingir una alegría que no posee. Puede arrepentirse, confesar su pecado y descansar en Cristo.

    El gozo del Señor es nuestra fuerza porque nuestra seguridad no depende finalmente de nuestra capacidad para sostenernos, sino de Cristo, que nos sostiene. Cuando el corazón se debilita, volvemos a Él. Cuando pecamos, acudimos a Él en arrepentimiento. Cuando estamos desanimados, recordamos sus promesas. Y cuando Dios nos permite levantarnos otra vez, también abrimos los ojos para compartir con aquellos que necesitan recibir.

    LECTURA COMPLETA DEL PASAJE

    Puedes leer los capítulos completos aquí:

    Leer Nehemías 8 en Biblia TRC

    Leer Salmos 42 en Biblia TRC

    Leer Salmos 32 en Biblia TRC

    Leer Juan 16 en Biblia TRC

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