Sobre Jesús García Morcillo

Pastor y ministro de culto en Albacete (España), graduado en Teología por la FTUEBE y miembro del Colegio de Pastores de la UEBE. Prepara, redacta y revisa personalmente los devocionales de Tres Razones para Cambiar para explicar la Biblia, presentar a Jesucristo y aplicar la Palabra de Dios a la vida diaria.

Cómo se elaboran los devocionales · Conoce el ministerio

Jesús García Morcillo, pastor y autor de los devocionales

Autor: Jesús Morcillo

  • El gozo del Señor vuelve a darte fuerzas

    El gozo del Señor vuelve a darte fuerzas

    🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

    “Nehemías continuó diciendo: «Vayan y festejen con un banquete de deliciosos alimentos y bebidas dulces, y regalen porciones de comida a los que no tienen nada preparado. Este es un día sagrado delante de nuestro Señor. ¡No se desalienten ni entristezcan, porque el gozo del Señor es su fuerza!».”

    Nehemías 8:10 · NTV

    Introducción

    Puedes tener razones para estar triste y, sin embargo, Dios puede darte razones mayores para levantarte. El pueblo de Israel estaba llorando después de escuchar la Palabra de Dios. Habían comprendido cuánto se habían apartado del Señor, y aquello había tocado profundamente sus corazones. Pero Dios no quería que permanecieran hundidos en su tristeza.

    Nehemías 8:10 nos enseña cómo encontrar fuerza en Dios cuando estamos desanimados. El texto no presenta una alegría superficial ni una invitación a ignorar el pecado. El mismo Dios que por medio de su Palabra les mostró su condición también les recordó que podían volver a Él y disfrutar de su misericordia. El gozo del Señor podía sostenerlos precisamente cuando sus propias fuerzas ya no eran suficientes.

    Contexto

    El pueblo había regresado del exilio y Jerusalén estaba siendo restaurada. Esdras leyó públicamente la ley de Dios y los levitas ayudaron al pueblo a comprender lo que escuchaba. Cuando entendieron la Palabra, comenzaron a llorar. Descubrieron que muchas cosas de su vida no estaban conforme a lo que Dios había mandado.

    Sin embargo, aquel día había sido apartado para el Señor. Nehemías, Esdras y los levitas no les dijeron que la Palabra no debía producir arrepentimiento, sino que después de haber escuchado a Dios no debían quedarse encerrados en la desesperanza. Dios seguía tratando con ellos como su pueblo. Podían comer, celebrar y, además, compartir con aquellos que no tenían nada preparado.

    Por eso este pasaje está muy cerca de lo que vimos en el devocional Una alegría que no se viene abajo: el gozo que Dios da no depende de que todo alrededor funcione bien. Depende de quién es Dios y de la esperanza que Él concede a quienes confían en Él.

    TRES RAZONES PARA CAMBIAR

    I. El desánimo puede hacernos olvidar dónde está nuestra esperanza

    El pueblo tenía motivos para llorar. Había escuchado la Palabra y reconocido su pecado. El problema comenzaría si aquella tristeza terminara apartando sus ojos de Dios y encerrándolos únicamente en ellos mismos. También nosotros podemos llegar a ese punto. Vemos nuestra debilidad, nuestros errores o una situación que no conseguimos resolver, y poco a poco el desánimo empieza a ocupar todo el corazón.

    La Biblia no nos manda fingir que estamos bien. Nos enseña a hablarle a nuestro propio corazón y dirigirlo nuevamente hacia Dios. El salmista no niega su abatimiento; lo reconoce, pero no permite que tenga la última palabra.

    “¿Por qué te abates, oh alma mía,
    Y te turbas dentro de mí?
    Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
    Salvación mía y Dios mío.”

    Salmos 42:5 · RV60

    La respuesta al desánimo no consiste simplemente en intentar pensar de manera positiva. Consiste en volver a mirar a Dios. Si solo miramos lo que nos falta, lo que hemos perdido o aquello en lo que hemos fallado, terminaremos agotados. Cuando volvemos a recordar quién es Dios, el corazón encuentra nuevamente una razón para esperar.

    II. El gozo del Señor nos lleva a obedecer y también a compartir

    Nehemías no les dijo solamente que dejaran de llorar. Les dio instrucciones concretas: debían comer, beber y compartir con quienes no tenían nada preparado. El gozo que viene de Dios no nos encierra en nosotros mismos. Nos mueve a obedecer y a mirar también las necesidades de otros.

    Hay una diferencia entre buscar algo que simplemente nos haga sentir mejor y recibir el gozo que Dios da. Lo primero puede durar unas horas, lo segundo cambia nuestra manera de vivir. Quien sabe que Dios ha tenido misericordia de él puede abrir la mano, agradecer y dejar de vivir dominado por lo que le falta.

    “Alegraos en Jehová y gozaos, justos;
    Y cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón.”

    Salmos 32:11 · RV60

    El Señor no nos llama a esperar a que desaparezcan todos nuestros problemas para obedecerle con alegría. Nos llama a reconocer su bondad en medio de ellos. Por eso el gozo cristiano puede convivir con lágrimas reales, dificultades reales y días complicados. No nace de una vida sin problemas, sino de saber que pertenecemos a Dios.

    III. Cristo nos da un gozo que las circunstancias no pueden quitarnos

    Las palabras de Nehemías encuentran una profundidad todavía mayor cuando llegamos a Cristo. Jesús nunca prometió a sus discípulos una vida libre de tristeza. De hecho, les anunció que vendrían momentos dolorosos. Pero también les aseguró que aquella tristeza no tendría la última palabra.

    “También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.”

    Juan 16:22 · RV60

    El creyente puede perder muchas cosas, pero nadie puede deshacer lo que Cristo ha hecho por él. Jesús murió por nuestros pecados, resucitó y nos reconcilió con Dios. Por eso nuestra esperanza no descansa en que mañana todo salga como deseamos, sino en que Cristo vive y nosotros pertenecemos a Él.

    Cuando confiamos en Cristo, el gozo deja de depender exclusivamente de las noticias que recibimos, de nuestra salud, del dinero, del reconocimiento o de que nuestros planes se cumplan. Podemos llorar y seguir creyendo. Podemos atravesar una prueba y seguir esperando. Podemos estar cansados y, aun así, encontrar en el Señor la fuerza para continuar.

    CRISTO ES EL CENTRO

    La ley que escuchó Israel puso delante del pueblo su pecado. Esa misma Palabra nos recuerda que nosotros tampoco podemos presentarnos ante Dios confiando en nuestra propia obediencia. Necesitamos algo más que intentar hacerlo mejor; necesitamos un Salvador.

    Cristo hizo por nosotros lo que nosotros no podíamos hacer. Obedeció perfectamente al Padre, llevó sobre sí el castigo de nuestros pecados y resucitó. Por eso el creyente no tiene que vivir permanentemente aplastado por su culpa ni fingir una alegría que no posee. Puede arrepentirse, confesar su pecado y descansar en Cristo.

    El gozo del Señor es nuestra fuerza porque nuestra seguridad no depende finalmente de nuestra capacidad para sostenernos, sino de Cristo, que nos sostiene. Cuando el corazón se debilita, volvemos a Él. Cuando pecamos, acudimos a Él en arrepentimiento. Cuando estamos desanimados, recordamos sus promesas. Y cuando Dios nos permite levantarnos otra vez, también abrimos los ojos para compartir con aquellos que necesitan recibir.

    LECTURA COMPLETA DEL PASAJE

    Puedes leer los capítulos completos aquí:

    Leer Nehemías 8 en Biblia TRC

    Leer Salmos 42 en Biblia TRC

    Leer Salmos 32 en Biblia TRC

    Leer Juan 16 en Biblia TRC

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  • Escuchar la Palabra de Dios y seguir igual

    Escuchar la Palabra de Dios y seguir igual

    🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

    “Ni el rey ni sus asistentes mostraron ninguna señal de temor o arrepentimiento ante lo que habían oído.”

    Jeremías 36:24 — NTV

    Introducción

    Podemos tener una Biblia delante, escuchar una predicación cada domingo, conocer versículos y, sin embargo, aprender a convivir con aquello que Dios está señalando sin cambiar nada. Ese es uno de los peligros más serios para el corazón, no dejar de escuchar la Palabra de Dios, sino acostumbrarnos a escucharla sin responder a ella.

    La explicación de Jeremías 36:24 nos coloca precisamente delante de esa realidad. El problema del rey Joacim no fue que desconociera lo que Dios estaba diciendo. Lo oyó. El problema fue que aquello que oyó no produjo temor de Dios ni arrepentimiento. Y esta palabra también nos examina hoy: ¿qué hacemos nosotros cuando la Palabra de Dios corrige algo que no queremos cambiar?

    Contexto

    Dios había mandado a Jeremías que escribiera en un rollo las palabras que había anunciado contra Judá. Baruc, escriba de Jeremías, las leyó públicamente y finalmente aquel rollo llegó ante el rey Joacim. Mientras Jehudí lo leía, el rey iba cortando las secciones del rollo y arrojándolas al fuego. No quería recibir la advertencia de Dios, quiso deshacerse de ella. 

    Pero Jeremías 36:24 señala algo todavía más profundo que quemar un rollo: “no tuvieron temor”. Allí estaba el verdadero problema. La dureza ya estaba en el corazón antes de aparecer en las manos del rey. Dios estaba llamando a Judá al arrepentimiento, pero Joacim escuchó sin humillarse.

    El problema sigue siendo actual. Podemos rechazar la Palabra de Dios sin quemar una Biblia. Basta con oírla y decidir que no vamos a obedecerla. Podemos incluso defender que creemos en ella mientras dejamos intacto aquello que Dios está reprendiendo. Por eso también resulta útil recordar el devocional sobre guardar la Palabra de Dios: la Palabra no nos ha sido dada simplemente para acumular conocimiento, sino para que gobierne nuestra vida.

    Tres razones para cambiar

    I. Porque el corazón puede acostumbrarse a escuchar sin temer a Dios

    Joacim escuchó palabras serias y siguió sentado delante del fuego. Esa escena impresiona porque muestra hasta dónde puede llegar el corazón cuando se endurece. Lo peligroso no es solamente desconocer lo que Dios dice. También podemos conocerlo, escucharlo repetidamente y llegar a tratarlo como algo que ya no nos inquieta.

    El temor de Dios no significa vivir huyendo aterrorizados de Él. Significa reconocer quién es Dios, recibir seriamente lo que Él dice y no colocarnos por encima de su Palabra. Cuando Dios muestra nuestro pecado, no somos nosotros quienes debemos juzgar si su advertencia nos parece exagerada. Somos nosotros quienes necesitamos examinarnos delante de Él.

    “Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.”

    Isaías 66:2 — RVR60

    Aquí está el contraste con Joacim. Dios mira al que se humilla y tiembla ante su Palabra. El problema no consiste en sentir más emoción durante una predicación, sino en reconocer que cuando Dios habla, yo debo escuchar. Si el Señor señala orgullo, falta de perdón, mentira, inmoralidad, amor al dinero, incredulidad o desobediencia, no debemos buscar inmediatamente una justificación. Debemos preguntarnos qué necesita cambiar.

    II. Porque escuchar verdaderamente la Palabra debe llevarnos a responder

    Existe una diferencia enorme entre haber oído un mensaje y haberlo recibido. Joacim oyó, pero no quiso responder. En cambio, cuando Pedro predicó a Cristo en Pentecostés, ocurrió algo completamente diferente, quienes escucharon comprendieron su culpa y preguntaron qué debían hacer.

    “Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos…”

    Hechos 2:37-38 — RVR60

    Esa pregunta, “¿qué haremos?”, debería aparecer muchas veces después de abrir la Biblia. No porque seamos salvados por hacer cosas, sino porque la fe verdadera no trata la voz de Dios con indiferencia. Cuando Dios descubre pecado, arrepentirse significa dejar de defenderlo, confesarlo y volvernos a Él.

    Por eso, cuando una predicación nos incomoda, cuando un hermano nos corrige bíblicamente o cuando durante nuestra lectura encontramos algo que confronta nuestra manera de vivir, no conviene preguntarnos primero a quién más le vendría bien ese texto. Conviene preguntarnos: Señor, ¿qué estás mostrando en mí por medio de tu Palabra?

    III. Porque el arrepentido no encuentra una puerta cerrada, sino a Cristo

    Alguien podría descubrir su pecado y quedarse únicamente con la culpa. Pero Dios no nos muestra nuestra condición para abandonarnos allí. La Palabra de Dios nos conduce a Cristo. El mismo Señor que descubre el pecado nos muestra al Salvador que recibió sobre sí el castigo de quienes confían en Él.

    Joacim quiso eliminar la palabra que lo condenaba. El creyente no necesita hacer eso. Puede reconocer su pecado porque sabe adónde acudir. Nuestro pecado es real, pero también lo es la misericordia de Dios en Cristo. Jesús no es un Salvador para quienes consiguen presentarse limpios delante de Él, sino para pecadores que vienen arrepentidos y confiando en su gracia.

    “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades… Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”

    Hebreos 4:15-16 — RVR60

    Por eso no tengas miedo de dejar que la Palabra descubra lo que hay en tu corazón. No escondas aquello que Cristo ya conoce. No endurezcas el corazón para conservar un pecado que terminará haciéndote daño. Acércate al Hijo. En Cristo hay perdón para el culpable, misericordia para quien se arrepiente y gracia para comenzar a obedecer.

    Cristo es el centro

    Cristo hace algo que nosotros no podemos hacer: nos salva de la culpa del pecado y comienza a cambiar el corazón que se resistía a Dios. Él obedeció perfectamente al Padre, murió llevando el pecado de su pueblo y resucitó. Por eso nuestra esperanza no está en conseguir una reacción suficientemente intensa ante una predicación, sino en confiar en el Salvador al que esa Palabra nos dirige.

    Pero la gracia de Cristo nunca convierte el pecado en algo insignificante. Precisamente porque Cristo tuvo que entregar su vida por nuestros pecados, no podemos escuchar su Palabra y decir que da igual cómo vivamos. Su gracia nos lleva al arrepentimiento, y su Espíritu Santo obra por medio de la Palabra para enseñarnos a obedecer al Señor.

    Quizá hoy Dios esté señalando algo que llevas tiempo justificando. No hagas lo que hizo Joacim. No cortes de tu vida las partes de la Biblia que resultan incómodas. No necesitas quemar un rollo para resistirte a Dios; basta con decir: “Esto no lo voy a cambiar”. Pero tampoco tienes que permanecer así. Ven a Cristo, confiesa tu pecado, cree en Él y obedece aquello que Dios te está mostrando.

    La pregunta final no es solamente cuánto conocemos de la Biblia. Es más personal: ¿qué estamos haciendo con aquello que ya hemos oído?

    Lectura completa del pasaje

    Puedes leer el capítulo completo aquí.

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  • Contentos con lo que tenemos porque Dios no nos dejará

    Contentos con lo que tenemos porque Dios no nos dejará

    🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

    “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré.”

    Hebreos 13:5

    INTRODUCCIÓN

    Siempre parece faltar algo. Un poco más de dinero, una casa mejor, otro coche, unas vacaciones distintas, más seguridad para el futuro. Y cuando conseguimos aquello que pensábamos que necesitábamos, aparece una nueva necesidad ocupando su lugar.

    Hebreos 13:5 nos enseña cómo vencer la avaricia y vivir contentos, pero no lo hace diciéndonos que debemos conformarnos porque no queda otra. Dios nos da una razón mucho más profunda: podemos estar contentos con lo que tenemos porque Él ha prometido estar con nosotros.

    El verdadero descanso del creyente no está en cuánto posee, sino en saber quién está con él.

    CONTEXTO

    La carta a los Hebreos termina con instrucciones muy prácticas para la vida cristiana. Después de presentar durante toda la carta la grandeza de Cristo, su sacerdocio, su sacrificio perfecto y la seguridad que tenemos por medio de Él, el escritor muestra cómo debe vivir quien pertenece al Señor.

    Hebreos 13 habla del amor fraternal, la hospitalidad, el matrimonio, el dinero, la obediencia y la perseverancia.

    Cuando llega al versículo 5, une dos cosas que muchas veces nosotros separamos: la avaricia y la confianza en Dios.

    No dice únicamente: “No seáis avaros”.

    Añade:

    “contentos con lo que tenéis ahora”

    Y después explica por qué:

    “No te desampararé, ni te dejaré.”

    El contentamiento no consiste en repetirnos que tenemos suficiente. Consiste en creer que Dios es suficiente y que no abandonará a los que son suyos.

    Esto conecta directamente con otro devocional de Tres Razones para Cambiar: Predicamos confianza pero vivimos como si Dios no bastara.

    Podemos decir que confiamos en Dios y, al mismo tiempo, vivir consumidos por conseguir más. Hebreos 13:5 nos obliga a mirar el corazón.

    I. LA AVARICIA PROMETE UNA SEGURIDAD QUE NUNCA PUEDE DAR

    La avaricia no siempre se presenta diciendo: “Quiero ser rico”.

    Puede hablar de una manera mucho más respetable:

    “Necesito un poco más para estar tranquilo.”

    “Cuando consiga esto, descansaré.”

    “Cuando tenga suficiente dinero ahorrado, dejaré de preocuparme.”

    El problema es que nunca sabemos exactamente cuánto significa “suficiente”.

    El corazón siempre puede pedir un poco más.

    Jesús advirtió:

    “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.”

    Lucas 12:15

    Nuestra vida no depende de nuestras posesiones. Podemos tener poco y pertenecer a Cristo. Podemos tener mucho y vivir lejos de Él. Podemos disponer de muchas cosas y seguir teniendo un corazón vacío.

    La avaricia es peligrosa precisamente porque intenta colocar nuestra seguridad donde solamente Dios debe estar. El dinero puede resolver necesidades reales. Puede alimentar a nuestra familia, pagar una vivienda, ayudar a otros y sostener la obra del Señor. La Biblia no condena tener recursos.

    Lo que condena es amar aquello que tenemos y confiar en ello.

    Por eso debemos preguntarnos con sinceridad: ¿qué perdería hoy que me haría pensar que ya no puedo estar bien? La respuesta puede mostrarnos dónde estamos buscando nuestra seguridad.

    II. EL CONTENTAMIENTO SE APRENDE CONFIANDO EN DIOS

    El Señor no nos llama a una vida de abandono, irresponsabilidad o falta de previsión. La Biblia enseña a trabajar, administrar, cuidar de la familia y ser generosos. Pero ninguna de esas responsabilidades exige vivir dominados por el deseo de tener más.

    Pablo escribió:

    “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento.”

    1 Timoteo 6:6

    El mundo nos dice que la ganancia consiste en conseguir más. La Palabra de Dios dice que la verdadera ganancia es vivir para Dios con un corazón contento.

    Eso no significa que nunca podamos mejorar nuestra situación. Tampoco significa que esté mal prosperar en nuestro trabajo. Significa que nuestra paz no puede depender de ello.

    Puedes pedir al Señor que provea una necesidad y, mientras esperas, seguir confiando en Él. Puedes trabajar para mejorar tu situación económica sin convertir el dinero en tu dios.

    Puedes agradecer lo que tienes sin vivir comparándote continuamente con los demás. El contentamiento empieza cuando dejamos de mirar continuamente lo que nos falta y reconocemos lo que Dios ya nos ha dado. Y, por encima de todo, Dios nos ha dado a su Hijo.

    III. EN CRISTO TENEMOS UNA RIQUEZA QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR

    La respuesta definitiva a la avaricia no consiste simplemente en proponernos querer menos cosas. Necesitamos mirar a Cristo.

    Pablo escribe:

    “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.”

    2 Corintios 8:9

    Cristo no vino para enseñarnos a conseguir todas las cosas que deseamos. Vino para darnos algo infinitamente mayor, reconciliación con Dios.

    El Hijo de Dios se humilló, tomó forma de siervo, caminó entre pecadores y entregó su vida en la cruz. Allí llevó el pecado de su pueblo y recibió el castigo que nosotros merecíamos. Después resucitó.

    Por medio de Cristo tenemos perdón, adopción, acceso al Padre y vida eterna. Entonces podemos mirar nuestras posesiones desde otra perspectiva.

    Tal vez hoy no tengas todo lo que deseas. Pero si perteneces a Cristo, no estás abandonado.

    Quizá atravieses una situación económica difícil. Pero Cristo sigue siendo tu Salvador.

    Cristo permanece.

    Y precisamente por eso Hebreos 13:5 no termina hablando de nuestras posesiones, sino de la presencia de Dios:

    “No te desampararé, ni te dejaré.”

    Ahí descansa el creyente.

    CRISTO ES EL CENTRO

    La avaricia nos hace mirar continuamente hacia lo que todavía no tenemos. Cristo nos hace mirar hacia lo que Dios ya nos ha dado en Él.

    Cuando el corazón dice: “Necesito más para estar seguro”, el evangelio nos recuerda que nuestra mayor necesidad ya ha sido atendida en la cruz.

    Necesitábamos perdón, y Cristo derramó su sangre. Necesitábamos reconciliación con Dios, y Cristo abrió el camino. Necesitábamos vida, y Cristo resucitó.

    Necesitábamos un Salvador que no nos abandonara, y Cristo prometió estar con los suyos.

    Por eso el contentamiento no nace de bajar nuestras expectativas hasta resignarnos. Nace de levantar nuestros ojos hacia Cristo.

    Confía en Él. Da gracias por lo que tienes. Administra fielmente lo que Dios ha puesto en tus manos. Sé generoso. Pero no vivas como si tu seguridad dependiera de acumular más. Tu Padre sabe lo que necesitas.

    Y el Dios que entregó a su propio Hijo no ha dejado de cuidar de los suyos.

    LECTURA COMPLETA DEL PASAJE

    Puedes leer el capítulo completo aquí

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  • La sangre que libra del juicio

    La sangre que libra del juicio

    🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

    “Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto.”
    Éxodo 12:13

    INTRODUCCIÓN

    No es difícil pensar que el juicio de Dios siempre cae sobre otros. Nos resulta fácil mirar a Egipto, al mundo, al rebelde, al incrédulo, y pensar: “ellos sí merecen castigo”. Pero cuesta más reconocer que, si Dios no provee salvación, nosotros también estamos perdidos.

    Por eso, preguntarse qué significa Éxodo 12:13 cuando entendemos que solo la sangre libra del juicio no es una curiosidad bíblica. Es una necesidad del corazón. En aquella noche terrible no se salvaron los israelitas por ser mejores que los egipcios. Se salvaron porque Dios puso delante de ellos un refugio, la sangre del cordero.

    CONTEXTO

    Éxodo 12 nos lleva a la noche de la Pascua. Dios iba a herir la tierra de Egipto con la décima plaga. Cada casa sería visitada por la muerte. Pero el Señor dio una orden clara a Israel, debían sacrificar un cordero y poner su sangre en los postes y en el dintel de la puerta. Cuando Dios viera la sangre, pasaría de largo.

    Aquí hay una verdad muy seria. La diferencia no estaba en que unas casas merecieran vivir y otras no. La diferencia estaba en que Dios había provisto un sustituto. En las casas de Israel también hubo muerte, murió el cordero. El primogénito vivió porque otro murió en su lugar.

    Todo esto apuntaba a Cristo. La Pascua no era el final, era una sombra gloriosa del evangelio. El Hijo de Dios vendría como el Cordero perfecto. Si quieres profundizar más en esta verdad, puedes leer también rescatados con la sangre preciosa de Cristo. Y esta misma obra del Señor se recuerda con claridad en la cena del Señor y el nuevo pacto.

    TRES RAZONES PARA CAMBIAR

    I. El problema ocurre porque olvidamos que también nosotros merecemos juicio

    El corazón humano siempre busca excusas para sentirse mejor que otros. Pensamos que el problema está fuera, en Egipto, en el mundo, en los demás. Pero la Palabra de Dios nos humilla. El pecado no solo estaba en los egipcios. Israel también necesitaba cobertura. También necesitaba un sustituto. También necesitaba misericordia.

    Esto es lo que nos cuesta aceptar. No basta con estar cerca de cosas espirituales. No basta con pertenecer a un pueblo. No basta con tener una historia religiosa. Si Dios no nos cubre, estamos expuestos. Si Dios no provee salvación, la muerte nos alcanza.

    “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”
    Romanos 6:23

    Ese es el diagnóstico real. El pecado merece muerte. No solo el pecado escandaloso. También el orgullo, la autosuficiencia, la incredulidad, la dureza del corazón. Necesitamos dejar de mirar a otros y empezar a reconocer: “Señor, yo también necesito ser librado”.

    II. Debemos responder con fe a la provisión que Dios ha dado

    Dios no dejó a Israel en ignorancia. Les dio una palabra clara. Debían creerla y obedecerla. Había que tomar el cordero, derramar la sangre y ponerla en la puerta. No era un gesto mágico. Era obediencia nacida de la fe. Quien creyó a Dios actuó conforme a su palabra.

    Así también hoy. La respuesta no es intentar presentarnos mejores delante de Dios. La respuesta no es decir: “yo no soy tan malo”. La respuesta es arrepentirse y correr a Cristo. Dios ya ha provisto el sacrificio perfecto. El pecador no se salva por mejorarse a sí mismo, sino por refugiarse en el Hijo de Dios.

    “Por la fe celebró la pascua y la aspersión de la sangre, para que el que destruía a los primogénitos no los tocase a ellos.”
    Hebreos 11:28

    La fe verdadera no admira el evangelio desde lejos. La fe verdadera se refugia en Cristo. Le cree a Dios. Se somete a su Palabra. Abandona toda confianza propia. Deja de mirar sus méritos y descansa en la sangre del Cordero.

    III. Cuando confiamos en Cristo, pasamos de muerte a vida

    La Pascua anunciaba una salvación mayor. Cristo vino para hacer de una vez y para siempre lo que aquellos corderos solo señalaban. Él no murió por sus pecados, porque no tenía pecado. Murió por los nuestros. Recibió el juicio que merecíamos. Derramó su sangre para que el pecador que cree no perezca, sino que tenga vida eterna.

    Aquí hay descanso para el alma. El creyente no vive escondiéndose detrás de su desempeño. Vive seguro en Cristo. No descansa en su justicia, sino en la justicia del Hijo. No se aferra a su religión, sino al Salvador crucificado y resucitado.

    “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.”
    Juan 5:24

    Eso ocurre cuando confiamos en Cristo. Hay perdón, hay paz con Dios, hay vida, hay seguridad. El juicio ha pasado sobre Otro. La sangre ha sido derramada. El pecador que cree queda a salvo, no porque sea digno, sino porque Cristo lo es.

    CRISTO ES EL CENTRO

    Cristo es el verdadero Cordero. Él es la respuesta de Dios para pecadores que merecen juicio. Él tomó nuestro lugar. Él derramó su sangre. Él recibió la condenación que nos correspondía. Él murió para que nosotros viviéramos.

    Por eso este pasaje no nos llama solo a admirar una historia del Antiguo Testamento. Nos llama a mirar a Jesús. Si aún confías en ti, arrepiéntete. Si aún te justificas comparándote con otros, humíllate. Si ya has creído, vuelve a recordar que tu seguridad no está en tu fuerza espiritual, sino en el Cordero que fue inmolado.

    Cristo llama hoy al pecador a arrepentirse y creer. Cristo llama al creyente a descansar otra vez en su obra perfecta. Cristo llama a su Iglesia a vivir agradecida, reverente y obediente, porque hemos sido librados por sangre, no por mérito.

    LECTURA COMPLETA DEL PASAJE

    Puedes leer el capítulo completo aquí.

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  • La esperanza en Dios te hace valiente

    La esperanza en Dios te hace valiente

    🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

    “Tener esperanza te dará valentía. Estarás protegido y descansarás seguro.”

    Job 11:18

    Introducción

    El miedo al futuro puede robarnos el descanso antes de que haya ocurrido nada. Cerramos los ojos, pero la mente sigue trabajando. Pensamos en lo que podría salir mal, en las puertas que podrían cerrarse y en las fuerzas que quizá no tendremos mañana.

    Job 11:18 habla de esperanza, valentía, protección y descanso. Sin embargo, para comprender correctamente este versículo debemos leerlo dentro de su contexto. Job 11:18 y su explicación sobre cómo vencer el miedo al futuro no pueden separarse del resto del libro ni convertirse en una promesa fácil de una vida sin sufrimiento. La verdadera esperanza no nace de imaginar que todo saldrá como deseamos, sino de confiar en el Dios que permanece fiel aun cuando no entendemos lo que está haciendo.

    Contexto

    Estas palabras fueron pronunciadas por Zofar, uno de los amigos de Job. Job había perdido a sus hijos, sus bienes y su salud. En medio de aquel profundo dolor, sus amigos llegaron con la intención de consolarlo, pero terminaron acusándolo. Pensaban que un sufrimiento tan grande tenía que ser consecuencia directa de algún pecado oculto.

    Zofar afirmó que, si Job corregía su vida, podría volver a mirar al futuro con esperanza y descansar seguro. Algunas de sus palabras expresan verdades que aparecen en otros lugares de la Biblia, la esperanza en Dios fortalece, el arrepentimiento es necesario y el Señor puede dar descanso. Sin embargo, Zofar aplicó esas verdades de forma equivocada, porque juzgó a Job sin conocer lo que Dios estaba haciendo.

    Por eso no debemos leer Job 11:18 como una promesa automática: “Si haces todo bien, no sufrirás”. El propio libro demuestra que un hombre o una mujer puede caminar con Dios y atravesar pruebas muy dolorosas. Nuestra seguridad no consiste en evitar todo sufrimiento, sino en pertenecer al Señor en medio de él.

    Esta misma necesidad de escuchar a Dios cuando no comprendemos lo que sucede aparece en el devocional Cuando Dios habla y el corazón no entiende.

    TRES RAZONES PARA CAMBIAR

    I. El temor crece cuando el corazón solo mira las circunstancias

    Cuando el futuro parece incierto, el corazón comienza a hablar consigo mismo. Imagina peligros, anticipa pérdidas y termina tratando como reales cosas que todavía no han sucedido.

    El problema no siempre está en las circunstancias, sino en el lugar hacia el que dirigimos la mirada. Si solo contemplamos nuestra debilidad, tendremos razones para temer. Si solo miramos los recursos humanos, pronto descubriremos que son insuficientes.

    El salmista no escondió su abatimiento. Reconoció que su alma estaba inquieta, pero también le ordenó que volviera a esperar en Dios:

    “¿Por qué te abates, oh alma mía,
    Y te turbas dentro de mí?
    Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
    Salvación mía y Dios mío.”

    Salmo 42:5

    La fe no consiste en fingir que estamos fuertes. Consiste en llevar nuestra debilidad delante de Dios. El creyente puede reconocer: “Tengo miedo, estoy cansado y no sé qué ocurrirá”, pero no debe detenerse ahí. También debe decirle a su corazón: “Espera en Dios”.

    No alimentes continuamente aquello que te asusta. Abre la Palabra de Dios. Ora con sinceridad. Recuerda cómo el Señor te ha sostenido anteriormente. El temor mira lo que podría ocurrir; la fe mira al Dios que ya ha prometido permanecer con los suyos.

    II. La esperanza aumenta cuando confiamos en el Dios de esperanza

    La esperanza bíblica no es pensamiento positivo. Tampoco consiste en repetir que todo terminará bien según nuestros deseos. La esperanza cristiana descansa en el carácter de Dios, en sus promesas y en la obra del Espíritu Santo.

    Pablo escribió:

    “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.”

    Romanos 15:13

    Observa que el gozo y la paz aparecen en el creer. El creyente no espera porque controle el futuro, sino porque conoce al Dios que gobierna el futuro. No sabemos todo lo que sucederá mañana, pero sabemos quién es el Señor.

    Cuando el miedo te domine, no necesitas fabricar valentía. Necesitas volver a creer. Confiesa tu incredulidad, entrega tus preocupaciones al Señor y pide al Espíritu Santo que fortalezca tu confianza en la Palabra de Dios.

    Puede que las circunstancias no cambien inmediatamente. Puede que la respuesta tarde. Puede que todavía tengas que caminar por un valle difícil. Pero Dios puede darte paz antes de cambiar tu situación. Puede darte fuerzas para obedecer cuando todavía no ves la salida.

    La valentía cristiana no es ausencia de temor. Es obedecer a Dios a pesar del temor, porque confiamos en que Él no abandona a sus hijos.

    III. Descansamos seguros porque nuestra esperanza está puesta en Cristo

    Nuestra seguridad no descansa en que seamos capaces de mantenerlo todo bajo control. Tampoco en que nuestra fe sea siempre fuerte. Descansamos porque Cristo ha hecho por nosotros lo que jamás podríamos hacer.

    Jesucristo cargó con nuestros pecados en la cruz. Recibió el juicio que nosotros merecíamos, murió y resucitó. Quien se arrepiente y cree en Él ha sido reconciliado con Dios. Esa salvación no depende de que mañana sea un día fácil.

    La carta a los Hebreos describe esta esperanza como un ancla:

    “La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo.”

    Hebreos 6:19

    Un ancla no elimina la tormenta, pero impide que el barco sea arrastrado. Cristo es el ancla del creyente. Nuestro corazón puede ser sacudido, pero nuestra salvación permanece firme porque depende de Él.

    Job deseaba encontrar a alguien que pudiera ponerse entre Dios y él. El evangelio revela que ese mediador es Jesucristo. El Hijo de Dios conoce el sufrimiento, escucha el clamor de los suyos e intercede por ellos.

    Por eso puedes mirar hacia el futuro con esperanza. No porque tengas garantizada una vida sin lágrimas, sino porque ninguna prueba podrá separar de Cristo a quienes han confiado en Él.

    Cristo es el centro

    Las palabras de Zofar podían hacer pensar que Job recuperaría la seguridad si lograba corregirse suficientemente. Pero el evangelio nos enseña algo mucho más profundo, no somos aceptados por Dios porque consigamos ordenar perfectamente nuestra vida.

    Somos recibidos por gracia mediante la fe en Jesucristo.

    Cristo no se acercó a quienes tenían todo resuelto. Llamó a pecadores, recibió a personas quebrantadas y dio descanso a quienes acudieron a Él. En la cruz llevó nuestra culpa, y en su resurrección abrió para nosotros una esperanza que la muerte no puede destruir.

    Esto también nos reprende. No podemos afirmar que esperamos en Cristo mientras vivimos deliberadamente lejos de su Palabra. La esperanza verdadera produce arrepentimiento, obediencia y perseverancia. Quien descansa en Cristo deja de apoyarse en sí mismo y aprende a seguir al Señor cada día.

    Mira a Cristo cuando el futuro te asuste. Mira a Cristo cuando tus fuerzas disminuyan. Mira a Cristo cuando no comprendas lo que Dios permite. Tu seguridad no está en conocer todos los detalles del camino, sino en pertenecer al Buen Pastor que camina contigo.

    Lectura completa del pasaje

    Puedes leer el capítulo completo aquí.

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    Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.

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