Devocional diario en la Palabra de Dios


No pueden borrar su huella

🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo…”
Romanos 1:20

Introducción

Hay personas que dicen: “Yo no creo en Dios”. Lo dicen como si esa frase pudiera apagar la voz de la creación, callar la conciencia y cerrar la puerta de la eternidad. Pero el hombre puede negar a Dios con sus labios, y aun así no puede borrar lo que Dios ha puesto delante de sus ojos.

Porque cuando mira el cielo, la vida, la muerte, el orden, la belleza, el bien, el mal y esa pregunta profunda sobre la eternidad, algo le habla. Por eso, Romanos 1:20 y la evidencia de Dios en la creación para el hombre que niega al Creador nos muestra una verdad clara, no existe un hombre sin testimonio de Dios. Existe el hombre que no quiere reconocerlo, que detiene la verdad y que necesita venir a Cristo.

Contexto

El apóstol Pablo escribe Romanos mostrando primero la condición del hombre delante de Dios. Antes de hablar de la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, Pablo deja claro que el mundo entero está bajo pecado. El hombre no está perdido porque Dios no haya hablado, sino porque ha rechazado la verdad que Dios ha puesto delante de él.

Romanos 1 enseña que Dios se ha revelado en la creación. Hay cosas invisibles de Dios que se hacen visibles por medio de las cosas hechas. Su eterno poder y su deidad se manifiestan en todo lo creado. El universo no es una casualidad sin dueño. La vida no es un accidente sin propósito. La conciencia del hombre no es un ruido vacío. Todo apunta al Creador.

La creación no salva al hombre. La creación no predica por sí sola la cruz, ni explica el perdón de pecados, ni anuncia la resurrección de Cristo. Pero sí deja al hombre sin excusa. Le muestra que hay Dios, que debe honrarlo, que debe buscarlo y que debe rendirse ante Él.

También necesitamos recordar que Dios no solo ha hablado por medio de lo creado, sino que se ha dado a conocer plenamente en su Hijo. Puedes leer más sobre esto aquí:
Dios se dio a conocer en Cristo

Tres razones para cambiar

I. Porque el hombre no niega a Dios por falta de testimonio, sino por la dureza de su corazón

El problema principal del hombre no es que Dios esté escondido sin haber dejado evidencia. El problema es que el pecado hace que el hombre no quiera reconocer al Dios que tiene delante. La creación habla, pero el corazón caído se tapa los oídos. La conciencia acusa, pero el hombre busca excusas. La eternidad pesa en el alma, pero el pecador intenta distraerse con lo temporal.

Por eso la Biblia no presenta al hombre como alguien neutral, sentado sinceramente en medio de la nada esperando una prueba. La Escritura lo presenta como alguien que detiene la verdad con injusticia.

“Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad.”
Romanos 1:18

Detener la verdad es resistirla. Es empujarla hacia abajo. Es no querer mirarla de frente. Es decir “no hay Dios”, no porque no haya señales, sino porque reconocer a Dios trae consecuencias. Si Dios existe, el hombre no es dueño de sí mismo. Si Dios existe, hay pecado. Si Dios existe, habrá juicio. Si Dios existe, necesitamos arrepentimiento.

Por eso, cuando decimos que los ateos no existen, no lo decimos como burla. Lo decimos como una realidad bíblica, no existe un hombre sin testimonio de Dios. Existe el hombre que no quiere glorificar a Dios como Dios.

“Dice el necio en su corazón: No hay Dios. Se han corrompido, hacen obras abominables; no hay quien haga el bien.”
Salmo 14:1

El ateísmo más profundo no comienza en la mente, sino en el corazón. No es solo una conclusión intelectual; es una rebelión espiritual. Y esa rebelión no se sana solo con argumentos. Necesita la gracia de Dios.

II. Porque debemos dejar de huir y responder al Creador

Dios no nos ha dado la creación para que adoremos la creación, sino para que levantemos los ojos al Creador. El cielo no es Dios. La naturaleza no es Dios. El universo no es Dios. Pero todo lo creado anuncia que hay un Dios poderoso, sabio, eterno y digno de gloria.

El hombre, sin embargo, muchas veces mira la creación y no adora. Recibe vida y no da gracias. Disfruta la luz, el aire, el alimento, el cuerpo, la familia, la conciencia y el tiempo, pero no reconoce al Dador. Ese es el pecado: vivir en el mundo de Dios como si Dios no existiera.

“Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.”
Romanos 1:21

Aquí está el llamado de Dios, deja de huir. Deja de esconderte detrás de razonamientos que solo sirven para no rendirte. Deja de vivir como si la muerte no llegara, como si no hubiera eternidad, como si nunca fueras a comparecer delante de tu Creador.

El hombre siempre se plantea la eternidad, aunque no quiera reconocerlo. La muerte le recuerda que no tiene control. La conciencia le recuerda que hay bien y mal. El deseo profundo de sentido le recuerda que no fue creado para vivir como animal, comer, trabajar, distraerse y morir. Dios ha puesto eternidad en el corazón.

“Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos…”
Eclesiastés 3:11

Pero saber que hay eternidad no basta. Saber que hay un Creador no basta. Necesitamos a Cristo. Necesitamos perdón. Necesitamos reconciliación con Dios. Por eso la respuesta correcta no es solamente decir: “Dios existe”. La respuesta bíblica es: “Señor, he pecado contra ti. Ten misericordia de mí. Llévame a Cristo”.

III. Porque cuando confiamos en Cristo, la evidencia de Dios se convierte en adoración

Sin Cristo, el hombre puede mirar la creación y seguir endurecido. Puede estudiar el universo y no adorar. Puede conocer el cuerpo humano y no dar gracias. Puede hablar de moral y no humillarse. Puede pensar en la muerte y seguir viviendo sin arrepentimiento.

Pero cuando Cristo salva a una persona, cambia sus ojos. Entonces la creación ya no es un accidente. La vida ya no es una casualidad. La conciencia ya no es un estorbo. La eternidad ya no es una amenaza oscura, sino una realidad que lo lleva a vivir delante de Dios.

“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1

El creyente mira el cielo y adora. Mira la cruz y descansa. Mira la tumba vacía y espera. Mira la muerte y no se desespera, porque sabe que Cristo venció. Mira su propia vida y entiende que no fue creado para sí mismo, sino para la gloria de Dios.

Cristo no vino a salvar hombres buenos que solo necesitaban un poco de ayuda. Cristo vino a salvar pecadores que habían rechazado la verdad de Dios. Vino por hombres que no glorificaron al Creador. Vino por corazones endurecidos. Vino por rebeldes. Vino por los que cambiaron la gloria de Dios por sus propios ídolos.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Romanos 5:8

Por eso hay esperanza. El hombre que negó a Dios puede ser quebrantado por la gracia. El que resistió la verdad puede venir a la luz. El que vivió como si Dios no existiera puede caer de rodillas y confesar a Cristo como Señor.

Cristo es el centro

Romanos 1:20 deja al hombre sin excusa, pero el evangelio nos muestra a Cristo como la única esperanza para el hombre sin excusa.

La creación nos dice que hay un Dios poderoso. La conciencia nos dice que somos responsables. La eternidad en el corazón nos recuerda que fuimos creados para algo más que esta vida. Pero solo Cristo salva. Solo Cristo perdona. Solo Cristo reconcilia al pecador con Dios.

Cristo responde al problema más profundo del hombre. No solo responde a sus dudas; responde a su pecado. No solo le da argumentos; le da vida. No solo le muestra que Dios existe; lo lleva al Padre por medio de su sangre.

Por eso, no basta con ganar una discusión contra el ateísmo. El propósito no es humillar al que niega a Dios. El propósito es llamarlo al arrepentimiento y a la fe. Porque un hombre puede perder un debate y seguir perdido. Pero si Cristo abre sus ojos, ese hombre puede ser salvo.

El Señor Jesús llama al pecador a dejar sus excusas, abandonar su orgullo, reconocer su pecado y venir a Él. Y todo aquel que viene a Cristo no será echado fuera.

Lectura completa del pasaje

Puedes leer el capítulo completo aquí.

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Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.

Ministerio
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