¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿todos maestros? ¿hacen todos milagros? 1 Corintios 12:29

Devocional diario en la Palabra de Dios


La iglesia no tiene que ser a mi medida

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“¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? ¿todos maestros? ¿hacen todos milagros?”

1 Corintios 12:29

Introducción

“Esta iglesia no es como a mí me gusta”. Esa frase puede revelar mucho más que una simple preferencia. Puede mostrar que hemos llegado a pensar que la iglesia debe adaptarse a nuestros gustos, nuestra forma de hacer las cosas y nuestro concepto personal de cómo debería funcionar.

El problema de querer una iglesia a mi medida según 1 Corintios 12:29 aparece cuando olvidamos que la Iglesia pertenece a Cristo. No fue creada para satisfacer nuestras preferencias, sino para obedecer la voluntad de su Señor. Cristo no nos llama a construir una iglesia según nuestro criterio, sino a ocupar con humildad el lugar que Él nos ha dado dentro de su cuerpo.

La iglesia que ser a me medida 1 Corintios 12:29 para Combiar

Contexto

La iglesia de Corinto tenía dones, conocimiento y capacidades, pero también sufría divisiones, orgullo y rivalidades. Algunos creyentes daban más valor a ciertos dones y menospreciaban a quienes servían de otra manera. En ese ambiente, Pablo presenta la Iglesia como un cuerpo compuesto por muchos miembros.

Cada miembro es necesario, pero ninguno lo es todo. No todos tienen la misma función, el mismo don ni la misma responsabilidad. Las preguntas de 1 Corintios 12:29 esperan una respuesta evidente, no, no todos son apóstoles, profetas, maestros ni hacen milagros.

Dios distribuye los dones como Él quiere. Por eso, la Iglesia no puede organizarse alrededor del gusto, la personalidad o la ambición de una persona. Debe someterse a la Palabra de Dios y reconocer a Cristo como su cabeza.

Cuando olvidamos esta verdad, podemos terminar heridos, decepcionados o incluso convertirnos en causa de tropiezo. Esta reflexión sobre cuando la iglesia sirve de tropiezo nos recuerda la responsabilidad que tenemos delante de Dios en nuestra relación con los hermanos.

Contexto: Cristo forma su Iglesia. 1 Corintios 12:29.

TRES RAZONES PARA CAMBIAR

I. Queremos una iglesia a nuestra medida porque el corazón desea ocupar el centro

El problema no comienza en la organización de la congregación, sino en nuestro corazón. Queremos que se cante lo que nos gusta, que se predique como preferimos, que se tomen las decisiones que nosotros tomaríamos y que todos sirvan como nosotros creemos que deben hacerlo.

Las preferencias no siempre son pecado. El pecado aparece cuando las convertimos en la medida de la fidelidad de toda la iglesia. Entonces dejamos de preguntarnos qué quiere Dios y comenzamos a exigir lo que queremos nosotros.

También podemos menospreciar a hermanos que no sirven como nosotros. Unos enseñan, otros ayudan, otros administran, otros consuelan y otros trabajan silenciosamente. Ninguno debe pensar que su función le da derecho a dominar el cuerpo.

“Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso.”

1 Corintios 12:18

Dios coloca a cada miembro. No somos nosotros quienes diseñamos el cuerpo. No elegimos todos los dones, todas las funciones ni todas las personas. El Señor, en su sabiduría, forma una Iglesia en la que debemos aprender a servir, recibir, perdonar y caminar junto a hermanos diferentes de nosotros.

Razón 1: El corazón quiere ser el centro. 1 Corintios 12:29.

II. Debemos abandonar nuestro criterio personal y someternos a la Palabra

La respuesta no consiste en buscar indefinidamente una congregación que coincida con todas nuestras preferencias. Debemos examinar si la iglesia predica fielmente el evangelio, enseña la Palabra de Dios, administra bíblicamente sus responsabilidades y procura vivir en santidad.

Hay razones legítimas para abandonar una congregación, falsa doctrina, encubrimiento persistente del pecado, abuso de autoridad o rechazo consciente de la verdad bíblica. Pero no debemos confundir estos asuntos graves con nuestras preferencias personales.

Una iglesia no deja de ser fiel porque no hace todo como nosotros lo haríamos. Necesitamos discernimiento, humildad y disposición para hablar de querer imponer, antes de juzgar, murmurar o marcharnos.

“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.”

Efesios 4:3

Guardar la unidad exige esfuerzo. Requiere arrepentirnos del orgullo, controlar la lengua, perdonar y aprender a considerar a los demás. La unidad no significa ignorar el pecado ni renunciar a la verdad. Significa caminar juntos bajo la autoridad de Cristo y de su Palabra.

Razón 2: La medida es la Palabra de Dios. 1 Corintios 12:29.

III. Cuando aceptamos el diseño de Dios, dejamos de competir y comenzamos a servir

Quien comprende que forma parte de un cuerpo ya no necesita compararse continuamente. Puede alegrarse por los dones de otros y servir con fidelidad desde el lugar que Dios le ha concedido.

No todos predican, no todos dirigen y no todos sirven de una manera visible. Sin embargo, cada creyente tiene una responsabilidad. La Iglesia necesita miembros que oren, amen, enseñen, ayuden, den, consuelen, exhorten y perseveren.

“Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.”

1 Corintios 12:27

Tú no eres todo el cuerpo, pero formas parte de él. No puedes decir que no necesitas a los demás, ni debes pensar que los demás no te necesitan. Cuando aceptamos esta verdad, dejamos de exigir una iglesia a nuestra medida y comenzamos a buscar una vida a la medida de la voluntad de Dios.

Esto trae descanso. Ya no tenemos que controlarlo todo. Podemos confiar en que Cristo gobierna su Iglesia, corrige a sus hijos, levanta siervos y sostiene a su pueblo, aun en medio de muchas debilidades.

Razón 3: Acepta su diseño y sirve. 1 Corintios 12:29.

Cristo es el centro

La Iglesia no nació de nuestros planes. Cristo la compró con su sangre. Él murió por pecadores orgullosos, individualistas y rebeldes, y resucitó para reunir un pueblo que viva bajo su señorío.

Jesús no vino para adaptarse a nuestras exigencias. Él nos llama al arrepentimiento, a negar nuestro ego y a seguirle. Su gracia no confirma nuestro deseo de controlar; nos libera de él.

Cristo también responde a nuestras heridas. Tal vez has sufrido dentro de una congregación. Tal vez alguien te trató injustamente o utilizó su posición de una manera pecaminosa. El Señor no te pide que llames bueno a lo malo ni que guardes silencio ante el pecado. Te llama a buscar la verdad, actuar bíblicamente y no permitir que la amargura gobierne tu corazón.

Mira a Cristo. Él es la cabeza de la Iglesia. Descansa en su gobierno, somete tus criterios a su Palabra y sirve con humildad. No busques una iglesia que gire alrededor de ti. Busca una congregación fiel donde puedas adorar a Dios, crecer en la verdad, amar a los hermanos y vivir para la gloria de Cristo.

Lectura completa del pasaje

Puedes leer el capítulo completo aquí.

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Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.

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