Devocional diario en la Palabra de Dios


Tememos a las personas más que a Dios

🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

“Yo, sí, yo soy quien te consuela. Entonces, ¿por qué les temes a simples seres humanos que se marchitan como la hierba y desaparecen?”

Isaías 51:12

INTRODUCCIÓN

Una opinión puede condicionarnos más de lo que queremos reconocer. Callamos para evitar problemas, cambiamos una decisión para no decepcionar a alguien, buscamos aprobación antes de obedecer a Dios o pasamos horas preocupados por lo que una persona pueda pensar, decir o hacer contra nosotros. El temor al hombre puede llegar a ocupar un lugar que solamente corresponde al Señor.

Isaías 51:12 confronta precisamente ese temor. Dios pregunta a su pueblo por qué teme a seres humanos que son pasajeros como la hierba, mientras olvida al Señor que puede consolarlo. El problema no consiste en reconocer que otras personas pueden herirnos o causarnos dificultades. El problema comienza cuando su poder se vuelve tan grande ante nuestros ojos que dejamos de mirar quién es Dios. Isaías 51:12 nos enseña cómo vencer el temor a las personas recordando quién es Dios y descansando en su cuidado.

CONTEXTO

Isaías 51 habla a un pueblo que necesitaba consuelo. Jerusalén había conocido aflicción, juicio y amenaza, pero Dios llama repetidamente a su pueblo a escucharle. El Señor les recuerda de dónde los había sacado, lo que había prometido y quién era Él. La respuesta al temor no comienza mirando al enemigo, sino recordando al Dios que permanece fiel.

Por eso las palabras del versículo 12 son tan directas: “Yo, sí, yo soy quien te consuela”. Dios pone frente a frente dos realidades. Por un lado está el Señor, eterno, poderoso y fiel. Por otro, el ser humano, que se marchita como la hierba. Cuando olvidamos esta diferencia, las personas pueden parecernos enormes y Dios puede terminar ocupando un lugar demasiado pequeño en nuestros pensamientos.

El versículo siguiente lleva todavía más lejos la reprensión, el temor había crecido porque el pueblo había olvidado al Señor, su Creador. Ese es el corazón del problema. No siempre dejamos de creer que Dios existe; muchas veces simplemente vivimos durante unas horas, unos días o incluso años como si la opinión, la amenaza o el rechazo de una persona tuviera más peso que la presencia de Dios.

Puedes ampliar esta enseñanza en el siguiente devocional:

Confiar en Dios y no en la fuerza humana en Salmo 20:7

TRES RAZONES PARA CAMBIAR

I. PORQUE EL TEMOR A LAS PERSONAS PUEDE TERMINAR GOBERNANDO NUESTRAS DECISIONES

El temor al hombre no siempre aparece como pánico. Puede esconderse detrás de nuestra necesidad de agradar, de evitar una conversación necesaria, de recibir reconocimiento o de no quedar mal delante de otros. Podemos saber perfectamente lo que Dios dice y, sin embargo, terminar preguntándonos primero: “¿Qué pensarán de mí?”.

Ese temor se convierte en un problema cuando determina nuestra obediencia. Si sabemos que debemos hablar con verdad pero callamos por miedo, el temor está gobernando. Si sabemos que debemos apartarnos del pecado pero continuamos porque queremos ser aceptados, el temor está gobernando. Si nuestra paz depende continuamente de la aprobación de otros, hemos entregado a las personas un poder que no les corresponde.

La Palabra de Dios lo expresa con claridad:

“El temor del hombre pondrá lazo;
Mas el que confía en Jehová será exaltado.”

Proverbios 29:25

Un lazo atrapa. Eso hace el temor al hombre. Nos hace medir nuestras palabras, nuestra obediencia e incluso nuestra identidad por la reacción de otras personas.

Isaías 51:12 rompe ese engaño recordándonos algo muy sencillo, las personas son personas. Pueden tener autoridad, influencia e incluso capacidad para hacernos daño, pero siguen siendo criaturas limitadas. No son Dios. No gobiernan nuestra vida. No tienen la última palabra.

Necesitamos preguntarnos con sinceridad: ¿hay alguna persona cuya opinión temo más que desobedecer al Señor?

II. PORQUE DIOS NOS LLAMA A TEMERLE A ÉL Y OBEDECER SU PALABRA

La solución al temor al hombre no consiste en volvernos arrogantes, insensibles o despreocupados por los demás. La Biblia no nos enseña a decir: “No me importa nadie”. Nos enseña algo mucho mejor, colocar a cada persona en su lugar justo y reconocer a Dios como Señor.

Jesús habló con enorme claridad acerca de esto:

“Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.”

Mateo 10:28

Cristo no niega que los hombres puedan hacernos daño. Precisamente reconoce que pueden llegar incluso a matar el cuerpo. Sin embargo, establece un límite: hasta ahí llega su poder. Por encima de todos está Dios.

Esto cambia nuestra manera de actuar. Cuando llega el momento de escoger entre agradar a una persona y obedecer al Señor, obedecemos al Señor. Cuando decir la verdad puede costarnos aceptación, decimos la verdad con amor. Cuando nuestra fidelidad a Cristo provoca rechazo, no respondemos con orgullo ni agresividad, pero tampoco escondemos nuestra fe.

Quizá hoy tu temor tenga un nombre concreto. Puede ser un jefe, un familiar, un amigo, alguien con autoridad o simplemente ese grupo de personas cuya aprobación necesitas continuamente. Lleva ese temor delante de Dios. Reconócelo. Pide perdón si te ha llevado a desobedecer y vuelve a colocar tu confianza donde debe estar.

No necesitas convertirte en una persona que no siente miedo. Necesitas aprender a obedecer a Dios incluso cuando lo sientes.

III. PORQUE EL SEÑOR ES NUESTRO AYUDADOR Y NO NOS ABANDONA

Isaías 51:12 no comienza con una reprimenda, sino con consuelo: “Yo, sí, yo soy quien te consuela”.

Esto es importante. Dios no simplemente dice: “Deja de tener miedo”. Antes recuerda a su pueblo quién está con ellos. La seguridad del creyente no nace de repetir que todo saldrá bien, sino de saber quién es el Señor y descansar en su fidelidad.

Por eso podemos decir:

“El Señor es mi ayudador; no temeré
Lo que me pueda hacer el hombre.”

Hebreos 13:6

Observa el orden. Primero: “El Señor es mi ayudador”. Después: “no temeré”. La confianza no nace de negar el peligro, sino de conocer al Dios que está con nosotros.

Puede que una persona te rechace. Puede que alguien hable injustamente de ti. Puede que obedecer a Cristo tenga consecuencias. Dios nunca ha prometido que seguirle nos librará de toda oposición humana. Lo que sí ha prometido es que los suyos nunca estarán fuera de sus manos.

Cuando esta verdad gobierna el corazón, la opinión de las personas deja de ser nuestro juez. Podemos escuchar consejos, reconocer nuestros errores, pedir perdón cuando sea necesario y recibir corrección con humildad, pero ya no necesitamos vivir esclavizados por la aprobación humana.

Nuestro descanso está en Dios.

CRISTO ES EL CENTRO

Jesucristo conoció como nadie el rechazo de los hombres. Fue despreciado, acusado falsamente, abandonado y condenado. Las autoridades religiosas se levantaron contra Él, Pilato cedió ante la presión de la multitud y quienes gritaban pedían su crucifixión. Sin embargo, Cristo no cambió su misión para conseguir la aprobación de los hombres.

Él obedeció perfectamente al Padre.

Nosotros no lo hemos hecho. Muchas veces hemos callado cuando debíamos hablar, hemos cedido cuando debíamos permanecer firmes y hemos buscado más la aprobación humana que la gloria de Dios. Por eso nuestra esperanza no puede estar en convertirnos simplemente en personas más valientes. Necesitamos un Salvador.

Cristo llevó en la cruz el pecado de quienes hemos temido más al hombre que a Dios. Murió por pecadores y resucitó venciendo la muerte. En Él encontramos perdón por nuestras cobardías y gracia para comenzar de nuevo.

Además, Cristo nos muestra hasta dónde puede llegar realmente el poder humano. Los hombres pudieron llevarlo a la cruz, pero no pudieron impedir su resurrección. La tumba no tuvo la última palabra. Dios la tuvo.

Por eso el creyente puede mirar a las personas sin despreciarlas y sin temerlas como si fueran soberanas. Podemos amarlas, servirlas, respetarlas y, cuando corresponda, someternos a la autoridad que Dios ha establecido. Pero solamente Cristo es Señor.

Cuando el miedo vuelva, recuerda Isaías 51:12. Pregúntate quién está delante de ti y después recuerda quién está por encima de esa persona.

“Yo, sí, yo soy quien te consuela.”

El hombre se marchita como la hierba. Cristo permanece para siempre.

LECTURA COMPLETA DEL PASAJE

Leer Isaías 51 en Biblia TRC

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