Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.
Santiago 3:9-10 — RV60
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Introducción
Podemos alabar a Dios con nuestras palabras y, poco después, hablar de otra persona con desprecio. Santiago 3:9-10 señala esa contradicción, con la misma boca bendecimos al Dios y Padre y maldecimos a personas hechas a semejanza de Dios. El apóstol no trata las palabras como algo sin importancia, muestra que nuestra manera de hablar debe concordar con la alabanza que ofrecemos al Señor.
“Maldecir” aquí no significa discrepar o corregir con verdad. Se refiere a hablar del prójimo con desprecio, denigrarlo o desearle el mal. El pasaje nos llama a reconocer ese pecado y a tratar a los demás con respeto ante Dios.

Contexto
Bendecimos al Padre con la boca que maldice a personas hechas a su imagen
Santiago acaba de hablar del daño que puede causar la lengua. Aunque es pequeña, puede dirigir la vida y causar un gran perjuicio. En los versículos 9 y 10 señala algo aún más grave, la misma boca que alaba a Dios puede utilizarse para maldecir a otros seres humanos.
Bendecir a Dios es reconocer su grandeza y alabarle. Maldecir al prójimo, en cambio, es tratar con desprecio a alguien que Dios creó a su semejanza. Santiago no presenta esto como una simple falta de educación. La alabanza a Dios y el desprecio de su criatura no pueden convivir sin que haya una contradicción que debamos reconocer.
El pasaje nos invita a examinar lo que decimos en casa, en una conversación difícil y cuando hablamos de alguien que no está presente. Puedes ampliar la enseñanza sobre palabras que edifican en este devocional:

Tres razones para cambiar
I. Cada persona lleva la imagen de Dios
Santiago explica por qué está mal maldecir a los demás, están hechos a la semejanza de Dios. La dignidad de una persona no depende de que nos caiga bien, esté de acuerdo con nosotros o actúe correctamente. Su Creador nos da una razón para no tratarla con desprecio.
Esto no nos impide señalar el mal, poner límites o hablar con claridad. Nos llama a hacerlo sin humillar ni degradar a la persona. Si nuestras palabras han herido a alguien, debemos reconocerlo ante Dios y, cuando sea posible, pedir perdón a esa persona.

II. Por eso, maldecir al prójimo contradice nuestra alabanza
“De una misma boca proceden bendición y maldición”, escribe Santiago. La palabra “hermanos” muestra que se dirige especialmente a quienes profesan ser creyentes. No basta con pronunciar palabras de alabanza si luego usamos la lengua para despreciar a quienes Dios hizo.
En los versículos siguientes, Santiago pregunta si una fuente puede dar agua dulce y amarga, o si una higuera puede producir aceitunas. Esa imagen insiste en la incoherencia, lo que decimos deja ver qué está ocurriendo en nuestro corazón. No podemos justificar palabras crueles con un “yo soy así”. Debemos pedir a Dios que nos muestre el pecado y que nos ayude a reparar el daño.

III. Cristo nos muestra cómo responder al insulto
Jesús fue insultado y maltratado, pero no devolvió los insultos ni amenazó a quienes le hacían daño. Encomendó su causa a Dios, que juzga justamente. Pedro presenta esa respuesta de Cristo como ejemplo para sus seguidores:
Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente.
1 Pedro 2:23 – RV60
No podemos cambiar la lengua solo con una promesa de esforzarnos más. Necesitamos reconocer nuestro pecado y acudir a Cristo. Él murió por pecadores y resucitó, por su gracia, quien se arrepiente y confía en él recibe perdón y aprende a hablar de una manera nueva. Eso no significa que nunca volverá a fallar, sino que ya no debe excusar el pecado ni dejar de buscar obedecer al Señor.

Cristo es el centro
Santiago nos confronta con una pregunta concreta, ¿cómo podemos alabar al Padre y despreciar a personas hechas a su semejanza? Cristo no respondió al insulto con otro insulto. Encomendó su causa al Padre y entregó su vida para salvar a pecadores. Al confiar en él, tenemos perdón y una razón para tratar al prójimo con la dignidad que Dios le concede.
Lectura completa del pasaje
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