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00:00 Cantar con toda la devoción un domingo por la mañana, sintiendo cada palabra de alabanza al Señor. Y luego, el lunes, a primera hora, en la oficina o en el atasco, usar esa misma boca para destrozar a un compañero. Madre mía, sí. Es una contradicción tremenda que, bueno, lamentablemente vemos demasiado en el día a día. Y justo de esto trata el devocional de hoy, que lleva un título muy directo, Bendecir y maldecir con la misma boca. Exacto. Y hoy vamos a profundizar en esta reflexión de la Epístola de Santiago.
00:32 Pero antes, quiero anunciar algo genial. Al final de este mismo devocional, se ha incorporado un comentario en audio de Teología Bíblica sobre el capítulo 3 de Santiago. Ah, qué maravilla. Eso ayuda muchísimo a entender el contexto, de verdad. Sí, sí. Y además hay un apartado de preguntas para una mejor comprensión del contenido. Es muy ameno, hasta tiene un conteo final del resultado. Así que animo a llegar hasta el final. Pero bueno, entrando en materia, ¿qué nos dice Santiago en este pasaje? Pues a ver, el contexto es fascinante. Santiago usa unas imágenes súper gráficas. Nos habla de un timón minúsculo que dirige un barco enorme o una pequeña chispa que incendia un bosque entero.
01:11 Totalmente. Pues la lengua es igual. Y aquí viene la gran contradicción que plantea el texto. Es imposible que de un mismo manantial brote agua dulce y agua amarga a la vez. Ya, y fíjate que mi primer instinto al leer esto es pensar, bueno, pues es un problema de, digamos, de falta de educación. Como que hablar mal de alguien es solo un desahogo inofensivo. Claro, solemos minimizarlo bastante. Exacto, pero este devocional va mucho más allá. Nos enseña que el problema de fondo es que cada persona está hecha a la semejanza de Dios. O sea, es como si alguien se deshiciera en halagos hacia un pintor famoso y al mismo tiempo, pues, escupe y pisotea su obra maestra delante de él.
01:49 Qué buen ejemplo. Es que es tal cual. Hay un conflicto directo. No podemos adorar sinceramente al Señor el domingo y luego el lunes humillar a nuestro prójimo. Esa alabanza queda, digamos, totalmente en entredicho. Y eso elimina de raíz esa excusa tan típica hoy en día de, bueno, es que yo soy muy transparente o yo hablo sin filtros. Claro, el clásico yo soy así. Pues no, este pasaje nos corrige el corazón, porque lo que decimos revela cómo estamos por dentro realmente. Si ofendemos, la respuesta bíblica no es mirar a otro lado, es reconocer el pecado ante Dios y pedir perdón a esa persona.
02:26 Uf, eso cuesta. Porque, a ver, basta con decir, venga, mañana me esfuerzo más y me muerdo la lengua. Ojalá fuera tan fácil, ¿verdad? Pero no. La clave de toda la vida cristiana es mirar a Jesucristo. El Hijo de Dios sufrió injurias horribles, burlas, y aun así no devolvió maldición alguna. Él confió plenamente su causa a Dios. Qué consuelo tan inmenso saber eso, ¿eh? Que Jesucristo murió y resucitó por pecadores, que fallamos constantemente con nuestras palabras.
02:56 Y que si acudimos a Él con fe y arrepentimiento, pues encontramos perdón. Así es. Y no solo perdón, sino la gracia y la esperanza necesarias para obedecer, para que ese manantial interior empiece a dar agua dulce de verdad. Amén a eso. Pues para ir cerrando esta reflexión, hay una pregunta que plantea el texto que me dejó pensando. Sí, la de la pantalla. Si las palabras que usamos a espaldas de los demás se proyectaran en una gran pantalla para que todos las leyeran, ¿qué revelarían realmente sobre nuestra adoración a Dios?
03:29 Tela, ¿eh? Obliga a mirarse al espejo con total honestidad. En fin, quiero invitar a explorar la web www.tresrazonesparacambiar.com. Tiene mucho contenido útil para la madurez como cristiano o cristiana. Totalmente. Es un recurso estupendo para crecer en la sana doctrina. Así es. Que nuestras palabras sean siempre un reflejo de su gracia. Nos despedimos. Hasta mañana.
Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.
Santiago 3:9-10 — RV60
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Introducción
Podemos alabar a Dios con nuestras palabras y, poco después, hablar de otra persona con desprecio. Santiago 3:9-10 señala esa contradicción, con la misma boca bendecimos al Dios y Padre y maldecimos a personas hechas a semejanza de Dios. El apóstol no trata las palabras como algo sin importancia, muestra que nuestra manera de hablar debe concordar con la alabanza que ofrecemos al Señor.
“Maldecir” aquí no significa discrepar o corregir con verdad. Se refiere a hablar del prójimo con desprecio, denigrarlo o desearle el mal. El pasaje nos llama a reconocer ese pecado y a tratar a los demás con respeto ante Dios.

Contexto
Bendecimos al Padre con la boca que maldice a personas hechas a su imagen
Santiago acaba de hablar del daño que puede causar la lengua. Aunque es pequeña, puede dirigir la vida y causar un gran perjuicio. En los versículos 9 y 10 señala algo aún más grave, la misma boca que alaba a Dios puede utilizarse para maldecir a otros seres humanos.
Bendecir a Dios es reconocer su grandeza y alabarle. Maldecir al prójimo, en cambio, es tratar con desprecio a alguien que Dios creó a su semejanza. Santiago no presenta esto como una simple falta de educación. La alabanza a Dios y el desprecio de su criatura no pueden convivir sin que haya una contradicción que debamos reconocer.
El pasaje nos invita a examinar lo que decimos en casa, en una conversación difícil y cuando hablamos de alguien que no está presente. Puedes ampliar la enseñanza sobre palabras que edifican en este devocional:

Tres razones para cambiar
I. Cada persona lleva la imagen de Dios
Santiago explica por qué está mal maldecir a los demás, están hechos a la semejanza de Dios. La dignidad de una persona no depende de que nos caiga bien, esté de acuerdo con nosotros o actúe correctamente. Su Creador nos da una razón para no tratarla con desprecio.
Esto no nos impide señalar el mal, poner límites o hablar con claridad. Nos llama a hacerlo sin humillar ni degradar a la persona. Si nuestras palabras han herido a alguien, debemos reconocerlo ante Dios y, cuando sea posible, pedir perdón a esa persona.

II. Por eso, maldecir al prójimo contradice nuestra alabanza
“De una misma boca proceden bendición y maldición”, escribe Santiago. La palabra “hermanos” muestra que se dirige especialmente a quienes profesan ser creyentes. No basta con pronunciar palabras de alabanza si luego usamos la lengua para despreciar a quienes Dios hizo.
En los versículos siguientes, Santiago pregunta si una fuente puede dar agua dulce y amarga, o si una higuera puede producir aceitunas. Esa imagen insiste en la incoherencia, lo que decimos deja ver qué está ocurriendo en nuestro corazón. No podemos justificar palabras crueles con un “yo soy así”. Debemos pedir a Dios que nos muestre el pecado y que nos ayude a reparar el daño.

III. Cristo nos muestra cómo responder al insulto
Jesús fue insultado y maltratado, pero no devolvió los insultos ni amenazó a quienes le hacían daño. Encomendó su causa a Dios, que juzga justamente. Pedro presenta esa respuesta de Cristo como ejemplo para sus seguidores:
Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente.
1 Pedro 2:23 – RV60
No podemos cambiar la lengua solo con una promesa de esforzarnos más. Necesitamos reconocer nuestro pecado y acudir a Cristo. Él murió por pecadores y resucitó, por su gracia, quien se arrepiente y confía en él recibe perdón y aprende a hablar de una manera nueva. Eso no significa que nunca volverá a fallar, sino que ya no debe excusar el pecado ni dejar de buscar obedecer al Señor.

Cristo es el centro
Santiago nos confronta con una pregunta concreta, ¿cómo podemos alabar al Padre y despreciar a personas hechas a su semejanza? Cristo no respondió al insulto con otro insulto. Encomendó su causa al Padre y entregó su vida para salvar a pecadores. Al confiar en él, tenemos perdón y una razón para tratar al prójimo con la dignidad que Dios le concede.
Lectura completa del pasaje
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Profundiza en el pasaje
Este devocional se basa en Santiago 3. Escucha la explicación del capítulo y comprende su contexto.
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