🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)
“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.”
Gálatas 6:1
Cuando alguien cae en pecado, la Iglesia no recibe permiso para comentarlo, agrandarlo ni convertir su dolor en una lección para los demás. Recibe una responsabilidad, buscar su restauración. Gálatas 6:1 nos recuerda que el pecado es serio, también el pecado sexual, no debe cubrirse con excusas ni justificarse. Pero la respuesta de quienes aman al Señor tampoco puede ser la dureza que exige más allá al hermano que se arrepiente.
La pregunta de Gálatas 6:1, cómo restaurar al hermano que ha pecado con mansedumbre, nos lleva a mirar a Cristo y a examinar nuestro propio corazón. El arrepentido necesita verdad, acompañamiento, límites sabios y oración. Y quienes le ayudan necesitan humildad, porque ninguno se sostiene a sí mismo delante de Dios.

Contexto
Gálatas 6 continúa la enseñanza de Pablo acerca de andar en el Espíritu. Después de hablar de las obras de la carne y del fruto del Espíritu, el apóstol muestra cómo debe actuar la Iglesia cuando un hermano cae. No dice que el pecado no importa, dice que el creyente maduro debe restaurar.
Restaurar significa procurar que aquello que se ha dañado vuelva a estar en el lugar correcto. No es ocultar el pecado ni fingir que no ocurrió. Es confrontar con verdad, llamar al arrepentimiento y acompañar para que vuelva a andar en obediencia a Cristo. La mansedumbre no rebaja la santidad de Dios, expresa el carácter de Cristo al tratar con un pecador que confiesa su pecado.
Puedes ampliar la seriedad del pecado y la necesidad de no acostumbrarse a él en este devocional:

Tres razones para cambiar
I. Porque quien corrige también debe vigilar su propio corazón
Es fácil pensar que la caída de otro nos coloca por encima de él. Podemos hablar con indignación, exigir una reacción inmediata o creer que jamás caeríamos en lo mismo. Pero Pablo ordena: “considerándote a ti mismo”. El pecado ajeno debe producir dolor, no orgullo, compasión, no superioridad.
“Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.”
1 Corintios 10:12
El creyente que restaura no mira desde lejos. Recuerda que depende cada día de la gracia de Dios, que su corazón también puede ser engañado y que Cristo es quien le sostiene. Esta humildad no debilita la corrección, la hace más fiel, más limpia y más semejante a la manera en que el Señor trata a los suyos.

II. Porque la corrección bíblica busca ganar al hermano
La Iglesia no debe guardar silencio ante el pecado, pero tampoco debe empezar por la exposición innecesaria. Cristo enseña un camino de amor, verdad y cuidado. Cuando es posible, el asunto debe tratarse directamente con la persona, buscando que escuche, confiese y se aparte de su error.
“Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.”
Mateo 18:15
Puede haber situaciones que requieran la intervención de los ancianos y una disciplina conforme a la Palabra de Dios. La Iglesia no protege el pecado ni elimina las consecuencias necesarias. Pero nunca debe confundir la disciplina bíblica con el deseo de avergonzar. El objetivo es ganar al hermano, no mostrar el poder de quienes corrigen.

III. Porque Cristo abre camino de perdón y restauración
El hermano que se arrepiente no necesita que la Iglesia le recuerde constantemente su caída como si Cristo no hubiera muerto por ese pecado. Necesita aprender a caminar en santidad, reparar lo que deba reparar y recibir el cuidado de hermanos maduros. Cuando el arrepentimiento es verdadero, la Iglesia debe acompañar ese proceso sin alimentar la desesperación.
“Así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él.”
2 Corintios 2:7-8
Perdonar y consolar no significa negar la gravedad de lo ocurrido. Significa reconocer que Cristo es suficiente para perdonar al pecador que viene a Él. La restauración puede requerir tiempo, consejo y frutos visibles de arrepentimiento, pero el hermano no debe ser abandonado cuando más necesita que la Iglesia le recuerde el evangelio.

Cristo es el centro
Jesucristo no trató el pecado como algo pequeño. Él murió en la cruz porque nuestro pecado merece el juicio santo de Dios. Allí llevó la culpa de su pueblo y derramó su sangre para perdonar, limpiar y santificar a quienes creen en Él. Por eso, el creyente no tiene libertad para continuar en pecado; Cristo le llama a confesarlo, apartarse y obedecerle.
Pero Cristo tampoco quebranta al que viene a Él arrepentido. Él recibe al pecador, lo perdona y le da una nueva vida. La Iglesia debe sostener esa misma verdad, firme contra el pecado, humilde al corregir y llena de esperanza para quien se vuelve al Señor. Nadie es restaurado por la presión de los hombres, sino por la gracia de Cristo obrando mediante su Palabra y el cuidado fiel de su Iglesia.
Lectura completa del pasaje
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Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.
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