Devocional diario en la Palabra de Dios


Escuchar la Palabra de Dios y seguir igual

🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

“Ni el rey ni sus asistentes mostraron ninguna señal de temor o arrepentimiento ante lo que habían oído.”

Jeremías 36:24 — NTV

Introducción

Podemos tener una Biblia delante, escuchar una predicación cada domingo, conocer versículos y, sin embargo, aprender a convivir con aquello que Dios está señalando sin cambiar nada. Ese es uno de los peligros más serios para el corazón, no dejar de escuchar la Palabra de Dios, sino acostumbrarnos a escucharla sin responder a ella.

La explicación de Jeremías 36:24 nos coloca precisamente delante de esa realidad. El problema del rey Joacim no fue que desconociera lo que Dios estaba diciendo. Lo oyó. El problema fue que aquello que oyó no produjo temor de Dios ni arrepentimiento. Y esta palabra también nos examina hoy: ¿qué hacemos nosotros cuando la Palabra de Dios corrige algo que no queremos cambiar?

Contexto

Dios había mandado a Jeremías que escribiera en un rollo las palabras que había anunciado contra Judá. Baruc, escriba de Jeremías, las leyó públicamente y finalmente aquel rollo llegó ante el rey Joacim. Mientras Jehudí lo leía, el rey iba cortando las secciones del rollo y arrojándolas al fuego. No quería recibir la advertencia de Dios, quiso deshacerse de ella. 

Pero Jeremías 36:24 señala algo todavía más profundo que quemar un rollo: “no tuvieron temor”. Allí estaba el verdadero problema. La dureza ya estaba en el corazón antes de aparecer en las manos del rey. Dios estaba llamando a Judá al arrepentimiento, pero Joacim escuchó sin humillarse.

El problema sigue siendo actual. Podemos rechazar la Palabra de Dios sin quemar una Biblia. Basta con oírla y decidir que no vamos a obedecerla. Podemos incluso defender que creemos en ella mientras dejamos intacto aquello que Dios está reprendiendo. Por eso también resulta útil recordar el devocional sobre guardar la Palabra de Dios: la Palabra no nos ha sido dada simplemente para acumular conocimiento, sino para que gobierne nuestra vida.

Tres razones para cambiar

I. Porque el corazón puede acostumbrarse a escuchar sin temer a Dios

Joacim escuchó palabras serias y siguió sentado delante del fuego. Esa escena impresiona porque muestra hasta dónde puede llegar el corazón cuando se endurece. Lo peligroso no es solamente desconocer lo que Dios dice. También podemos conocerlo, escucharlo repetidamente y llegar a tratarlo como algo que ya no nos inquieta.

El temor de Dios no significa vivir huyendo aterrorizados de Él. Significa reconocer quién es Dios, recibir seriamente lo que Él dice y no colocarnos por encima de su Palabra. Cuando Dios muestra nuestro pecado, no somos nosotros quienes debemos juzgar si su advertencia nos parece exagerada. Somos nosotros quienes necesitamos examinarnos delante de Él.

“Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.”

Isaías 66:2 — RVR60

Aquí está el contraste con Joacim. Dios mira al que se humilla y tiembla ante su Palabra. El problema no consiste en sentir más emoción durante una predicación, sino en reconocer que cuando Dios habla, yo debo escuchar. Si el Señor señala orgullo, falta de perdón, mentira, inmoralidad, amor al dinero, incredulidad o desobediencia, no debemos buscar inmediatamente una justificación. Debemos preguntarnos qué necesita cambiar.

II. Porque escuchar verdaderamente la Palabra debe llevarnos a responder

Existe una diferencia enorme entre haber oído un mensaje y haberlo recibido. Joacim oyó, pero no quiso responder. En cambio, cuando Pedro predicó a Cristo en Pentecostés, ocurrió algo completamente diferente, quienes escucharon comprendieron su culpa y preguntaron qué debían hacer.

“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos…”

Hechos 2:37-38 — RVR60

Esa pregunta, “¿qué haremos?”, debería aparecer muchas veces después de abrir la Biblia. No porque seamos salvados por hacer cosas, sino porque la fe verdadera no trata la voz de Dios con indiferencia. Cuando Dios descubre pecado, arrepentirse significa dejar de defenderlo, confesarlo y volvernos a Él.

Por eso, cuando una predicación nos incomoda, cuando un hermano nos corrige bíblicamente o cuando durante nuestra lectura encontramos algo que confronta nuestra manera de vivir, no conviene preguntarnos primero a quién más le vendría bien ese texto. Conviene preguntarnos: Señor, ¿qué estás mostrando en mí por medio de tu Palabra?

III. Porque el arrepentido no encuentra una puerta cerrada, sino a Cristo

Alguien podría descubrir su pecado y quedarse únicamente con la culpa. Pero Dios no nos muestra nuestra condición para abandonarnos allí. La Palabra de Dios nos conduce a Cristo. El mismo Señor que descubre el pecado nos muestra al Salvador que recibió sobre sí el castigo de quienes confían en Él.

Joacim quiso eliminar la palabra que lo condenaba. El creyente no necesita hacer eso. Puede reconocer su pecado porque sabe adónde acudir. Nuestro pecado es real, pero también lo es la misericordia de Dios en Cristo. Jesús no es un Salvador para quienes consiguen presentarse limpios delante de Él, sino para pecadores que vienen arrepentidos y confiando en su gracia.

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades… Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”

Hebreos 4:15-16 — RVR60

Por eso no tengas miedo de dejar que la Palabra descubra lo que hay en tu corazón. No escondas aquello que Cristo ya conoce. No endurezcas el corazón para conservar un pecado que terminará haciéndote daño. Acércate al Hijo. En Cristo hay perdón para el culpable, misericordia para quien se arrepiente y gracia para comenzar a obedecer.

Cristo es el centro

Cristo hace algo que nosotros no podemos hacer: nos salva de la culpa del pecado y comienza a cambiar el corazón que se resistía a Dios. Él obedeció perfectamente al Padre, murió llevando el pecado de su pueblo y resucitó. Por eso nuestra esperanza no está en conseguir una reacción suficientemente intensa ante una predicación, sino en confiar en el Salvador al que esa Palabra nos dirige.

Pero la gracia de Cristo nunca convierte el pecado en algo insignificante. Precisamente porque Cristo tuvo que entregar su vida por nuestros pecados, no podemos escuchar su Palabra y decir que da igual cómo vivamos. Su gracia nos lleva al arrepentimiento, y su Espíritu Santo obra por medio de la Palabra para enseñarnos a obedecer al Señor.

Quizá hoy Dios esté señalando algo que llevas tiempo justificando. No hagas lo que hizo Joacim. No cortes de tu vida las partes de la Biblia que resultan incómodas. No necesitas quemar un rollo para resistirte a Dios; basta con decir: “Esto no lo voy a cambiar”. Pero tampoco tienes que permanecer así. Ven a Cristo, confiesa tu pecado, cree en Él y obedece aquello que Dios te está mostrando.

La pregunta final no es solamente cuánto conocemos de la Biblia. Es más personal: ¿qué estamos haciendo con aquello que ya hemos oído?

Lectura completa del pasaje

Puedes leer el capítulo completo aquí.

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Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.

Ministerio
Tres razones para cambiar

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