🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)
“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.”
Efesios 4:29
Introducción
La corte del Rey tiene otro lenguaje. No es lenguaje de orgullo, burla, queja, murmuración o desprecio. Es lenguaje de verdad, gracia, edificación y temor de Dios.
Palabras que hieren, cómo hablar como hijo de Dios según Efesios 4:29 no es una cuestión de buenos modales, sino de pertenencia. Si somos hijos del Rey, nuestra boca no puede seguir hablando como si perteneciera al viejo reino. Cristo no solo salva el alma; también santifica la lengua.

Contexto
Pablo escribe a los creyentes en Éfeso para recordarles quiénes son en Cristo. No son lo que eran antes. Han sido salvados por gracia, unidos a Cristo, hechos parte de su pueblo y llamados a andar de una manera digna del Señor.
En Efesios 4, Pablo habla de dejar el viejo hombre y vestirse del nuevo. Eso incluye la manera de hablar. El evangelio no solo transforma lo que hacemos en público; también transforma lo que decimos en casa, en la iglesia, en una conversación difícil, en una corrección, en una respuesta rápida y en un momento de enojo.
La boca revela el corazón. Por eso el problema no se arregla solo hablando más suave, sino viniendo a Cristo con arrepentimiento. Él cambia el corazón, y cuando el corazón empieza a rendirse al Rey, la boca empieza a servir al Reino.
También necesitamos recordar que nuestras palabras pueden levantar o hacer tropezar a otros. Puedes leer este devocional relacionado: Cuando la iglesia sirve de tropiezo
Si perteneces al Rey, no hables como si siguieras esclavo del pecado
No podemos justificarlo todo diciendo: “yo soy así”. La Palabra no nos llama a defender nuestro carácter, sino a rendirlo a Cristo. El creyente no debe usar la boca para descargar pecado, sino para dar gracia.

Tres razones para cambiar
I. Porque las palabras corrompidas nacen de un corazón que necesita ser gobernado por Cristo
Pablo no dice: “evitad algunas palabras feas”. Dice: “ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca”. La palabra corrompida es la que daña, contamina, pudre, hiere y no edifica.
A veces creemos que el problema está en el tono, en el cansancio, en la presión o en la otra persona. Pero Cristo nos lleva más profundo. La lengua no trabaja sola. La boca suele obedecer al corazón. Si hay orgullo dentro, saldrán palabras orgullosas. Si hay amargura dentro, saldrán palabras amargas. Si hay temor dentro, saldrán palabras defensivas. Si hay pecado sin tratar, tarde o temprano hablará.
“Porque de la abundancia del corazón habla la boca.”
Mateo 12:34
Por eso necesitamos arrepentimiento. No solo pedir perdón por “cómo lo dije”, sino por lo que había en el corazón cuando lo dije. El Señor no quiere maquillar nuestra lengua; quiere limpiar nuestro interior.
Un hijo del Rey no puede seguir hablando como esclavo del viejo hombre. Cristo nos compró también para gobernar nuestras palabras.

II. Porque Dios nos manda hablar para edificar, no para destruir
La Palabra no solo nos dice lo que debemos dejar. También nos muestra lo que debemos buscar: “la que sea buena para la necesaria edificación”. Hablar como hijo de Dios según Efesios 4:29 significa preguntarnos delante del Señor: ¿esto edifica? ¿esto ayuda? ¿esto corrige con amor? ¿esto da gracia? ¿esto refleja a Cristo?
Hay palabras verdaderas dichas con soberbia. Hay correcciones necesarias dichas sin mansedumbre. Hay silencios que castigan. Hay bromas que humillan. Hay respuestas que buscan ganar una discusión, pero no ganar al hermano.
Cristo nos llama a algo mejor. No a callar la verdad, sino a decirla bajo el gobierno de Dios. No a evitar toda confrontación, sino a corregir con temor, amor y propósito santo.
“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.”
Colosenses 4:6
La gracia no hace débil la verdad. La gracia limpia la verdad de nuestro orgullo. Cristo habló con autoridad, pero nunca habló con pecado. Reprendió, enseñó, consoló, llamó al arrepentimiento y restauró al quebrantado. Su boca siempre sirvió a la voluntad del Padre.
Así debe aprender a hablar la Iglesia. Así debe aprender a hablar el padre, la madre, el esposo, la esposa, el hermano, el pastor, el amigo. No como quien usa la lengua para imponerse, sino como quien sabe que dará cuentas a Dios aun por sus palabras.

III. Porque cuando Cristo gobierna nuestra boca, otros reciben gracia
Efesios 4:29 termina diciendo: “a fin de dar gracia a los oyentes”. Qué frase tan seria y tan hermosa. Dios puede usar tus palabras como un medio de gracia para otros.
Una palabra dicha en el momento correcto puede levantar al cansado. Una corrección humilde puede librar a alguien del pecado. Una respuesta mansa puede apagar una contienda. Una palabra bíblica puede traer esperanza donde había confusión. Una confesión sincera puede abrir camino a la reconciliación.
Pero también ocurre lo contrario. Una lengua sin freno puede destruir confianza, apagar ánimo, sembrar sospecha y dividir lo que Dios llama a cuidar.
“La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.”
Proverbios 18:21
Tus palabras no son pequeñas delante de Dios. Tienen peso. Tienen fruto. Pueden servir al pecado o pueden servir a Cristo.
Cuando Cristo gobierna la boca, no significa que nunca fallaremos. Significa que ya no queremos vivir justificando lo que Él vino a matar. Significa que pedimos perdón. Significa que aprendemos a callar cuando hablar sería pecar. Significa que aprendemos a hablar cuando callar sería cobardía. Significa que usamos la lengua para la gloria de Dios.

Cristo es el centro
Cristo es el Hijo perfecto. Nadie habló como Él. Sus palabras fueron limpias, verdaderas, santas y llenas de gracia. En su boca no hubo engaño. No pecó con palabras, aunque fue provocado, acusado, burlado y condenado injustamente.
Y aun así, Cristo fue a la cruz por pecadores como nosotros. También por nuestros pecados de la lengua. Murió por nuestras palabras corrompidas, por nuestras respuestas orgullosas, por nuestras murmuraciones, por nuestras mentiras, por nuestras quejas, por nuestras heridas causadas a otros.
Pero Cristo no solo perdona. Cristo transforma. El Resucitado nos da vida nueva. Por su Espíritu, nos enseña a hablar como hijos del Reino. Nos llama al arrepentimiento, a la fe, a la obediencia y a una vida que muestre que ya no pertenecemos al viejo señorío del pecado.
Así que no descanses en tu fuerza de voluntad. Ven a Cristo. Confiesa tu pecado. Pídele que gobierne tu corazón. Porque una boca nueva necesita un corazón rendido al Rey.
Si eres hijo del Rey, usa el lenguaje de la corte.
Lectura completa del pasaje
Puedes leer el capítulo completo aquí.
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Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.
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