Devocional diario en la Palabra de Dios


El Espíritu no hizo Hijo a Jesús; lo señaló como el Hijo amado

🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

“Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”
Mateo 3:17

Introducción

Hay errores que no parecen graves al principio, pero poco a poco cambian el centro del evangelio. Uno de ellos es enseñar que Jesús recibió al Espíritu Santo en su bautismo como si antes le faltara algo, como si en ese momento comenzara a ser el Hijo de Dios, o como si necesitara una llenura parecida a la de los creyentes para llegar a ser quien era.

Pero Mateo 3:16-17 no enseña eso. Este pasaje no trata de un Jesús incompleto que recibe algo que no tenía. Trata del Hijo eterno, santo y amado, siendo revelado públicamente por el Padre y señalado por el Espíritu. Por eso necesitamos una respuesta bíblica al mal entendimiento del bautismo de Jesús y el Espíritu Santo en Mateo 3:16-17: el Espíritu no vino a hacer Hijo a Cristo, sino a revelar y sellar delante de todos su carácter santo, su misión salvadora y la complacencia perfecta del Padre en Él.

Contexto

Juan el Bautista predicaba arrepentimiento en el desierto de Judea. Muchos venían a confesar sus pecados y eran bautizados en el Jordán. Entonces Jesús se acerca para ser bautizado. Juan se resiste, porque sabe que Jesús no viene como un pecador más. Pero el Señor le responde: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia”.

Jesús no entra en el agua porque tenga pecado. Él entra en el agua para identificarse con pecadores. No viene a confesar culpa propia, sino a comenzar públicamente el camino de obediencia que terminaría en la cruz. Allí, en el Jordán, el Padre habla desde los cielos, el Espíritu desciende como paloma, y el Hijo es manifestado como aquel en quien Dios tiene plena complacencia.

Esto es importante. El Espíritu Santo no aparece en Mateo 3 para completar a Jesús, corregir una carencia en Jesús o convertirlo en el Hijo. Jesús ya es el Hijo eterno de Dios. El Espíritu desciende para testificar de Él, para señalarlo como el Mesías prometido y para confirmar públicamente que el Salvador ha venido.

También puedes leer este devocional sobre cómo Dios se dio a conocer en Cristo, porque la fe cristiana no descansa en ideas humanas sobre Jesús, sino en lo que Dios ha revelado de su Hijo.

Cuando se malentiende al Espíritu, se debilita la gloria de Cristo

Tres razones para cambiar

I. Porque Jesús no recibió identidad en el bautismo; fue revelado como el Hijo eterno

El error está en mirar el bautismo de Jesús como si fuera igual a nuestra experiencia espiritual. Nosotros sí necesitamos ser regenerados. Nosotros sí necesitamos ser llenos del Espíritu. Nosotros sí necesitamos ser transformados, corregidos, limpiados, guiados y fortalecidos. Pero Cristo no es un pecador necesitado de conversión. Cristo no es un hombre buscando identidad delante de Dios. Cristo es el Hijo amado.

El Padre no dice: “Desde ahora este será mi Hijo”. Dice: “Este es mi Hijo amado”. Esa declaración no crea la identidad de Jesús; la revela. El Espíritu no desciende para hacer de Jesús algo que no era; desciende para testificar quién es Él.

“Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”
Mateo 3:17

Aquí debemos detenernos con reverencia. Si enseñamos que Jesús recibió al Espíritu como si antes estuviera vacío de Dios, terminamos rebajando su gloria. Jesús no comenzó a ser santo en el Jordán. No comenzó a ser aprobado allí. No comenzó a ser Hijo allí. Él es el Verbo eterno hecho carne, el Hijo amado del Padre, sin pecado, lleno de gracia y de verdad.

El Espíritu Santo no vino a darle divinidad a Cristo. Vino a revelarlo como el Cristo. No vino a hacerlo Salvador. Vino a señalar al Salvador que ya había venido.

II. Porque la llenura del Espíritu en los creyentes no es igual al descenso del Espíritu sobre Cristo

Aquí necesitamos discernimiento bíblico. La Biblia sí enseña que los creyentes deben ser llenos del Espíritu. Pero la llenura del Espíritu en nosotros responde a nuestra necesidad como criaturas redimidas. Somos débiles, dependientes, tentados, necesitados de dirección, santificación y poder para obedecer.

La obra del Espíritu en Cristo, en Mateo 3, no debe confundirse con nuestra experiencia. En nosotros, el Espíritu aplica la salvación, nos une a Cristo, nos convence de pecado, nos santifica, nos guía y nos fortalece. En el bautismo de Jesús, el Espíritu da testimonio público del Hijo, confirma su misión mesiánica y sella ante los ojos del pueblo el carácter del Siervo escogido por Dios.

“He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones.”
Isaías 42:1

Isaías ya había anunciado que el Siervo del Señor vendría con el Espíritu de Dios sobre Él. No porque fuera pecador, sino porque era el escogido del Padre para traer justicia. Mateo nos muestra el cumplimiento: el Espíritu desciende sobre Cristo y el Padre declara su complacencia.

Por eso, no debemos poner a Jesús al mismo nivel que nosotros. Nosotros somos llenos del Espíritu porque necesitamos ser conformados a Cristo. Cristo es señalado por el Espíritu porque Él es el perfecto Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador, el obediente, el santo, el enviado del Padre.

Si confundimos estas dos cosas, perdemos mucho. Perdemos la singularidad de Cristo. Perdemos la gloria del Hijo. Perdemos la belleza de su obediencia perfecta. Y terminamos hablando del Espíritu de una manera que ya no glorifica a Jesús.

III. Porque el Espíritu sella ante nosotros la salvación perfecta que Cristo vino a cumplir

El Espíritu Santo no solo señala el carácter de Cristo. También confirma la misión de Cristo. El Hijo amado entra en las aguas del Jordán como el representante de los pecadores. No tenía pecado, pero se puso en el lugar de los pecadores. No necesitaba limpieza, pero vino a limpiar a los impuros. No necesitaba arrepentimiento, pero vino a llamar al arrepentimiento.

La voz del Padre nos muestra que la salvación no descansa en nuestra justicia, sino en la justicia del Hijo. La complacencia de Dios está en Cristo. Y el pecador solo encuentra paz cuando deja de intentar presentarse delante de Dios con méritos propios y se refugia por fe en el Hijo amado.

“El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.”
Juan 16:14

Esa es la obra del Espíritu: glorificar a Cristo. El Espíritu toma lo de Cristo y nos lo muestra. Nos muestra su santidad, para que dejemos de justificar nuestro pecado. Nos muestra su obediencia, para que dejemos de confiar en nuestra justicia. Nos muestra su cruz, para que encontremos perdón. Nos muestra su resurrección, para que tengamos esperanza viva.

Y cuando creemos en Cristo, el Espíritu también sella al creyente como propiedad de Dios. Pero ese sello no significa que nosotros seamos salvadores. Significa que pertenecemos al Salvador. No significa que tengamos gloria propia. Significa que hemos sido comprados por la sangre de Cristo.

“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa.”
Efesios 1:13

Aquí está la diferencia: Cristo es señalado por el Espíritu como el Hijo amado y Salvador perfecto. Nosotros somos sellados por el Espíritu porque hemos creído en el Hijo amado y hemos recibido su salvación por gracia.

Cristo es el centro

Cristo no es un hombre que llegó a ser Hijo de Dios en el bautismo. Cristo es el Hijo eterno que vino en carne para salvar a pecadores. En el Jordán, el Espíritu lo señala. En el cielo abierto, el Padre lo declara amado. En la cruz, el Hijo entrega su vida. En la resurrección, el Padre confirma que su obra fue aceptada.

Esto confronta toda falsa enseñanza que reduce a Jesús a un simple hombre lleno del Espíritu. Jesús es verdadero hombre, sí, pero también verdadero Dios. No necesitó ser adoptado como Hijo. No necesitó ser completado espiritualmente. No necesitó recibir una identidad nueva. Él vino como el Hijo amado para obedecer donde nosotros desobedecimos y para morir donde nosotros merecíamos juicio.

El Espíritu Santo no vino a quitarle gloria a Cristo. Vino a mostrarnos su gloria. No vino a poner la mirada en experiencias humanas. Vino a llevarnos al Salvador. No vino a decirnos que Jesús era como nosotros en su pecado o necesidad espiritual. Vino a testificar que Jesús es el Santo de Dios, el Cordero de Dios, el Hijo amado, el único Salvador.

Por eso, arrepiéntete de toda idea que rebaje a Cristo. No pongas al Señor al nivel de tu experiencia. No interpretes al Hijo desde tus necesidades. Interpreta tu vida desde la gloria del Hijo. Tú necesitas ser lleno del Espíritu para vivir para Dios. Cristo fue señalado por el Espíritu porque Él es el Hijo en quien Dios tiene complacencia.

Y esa es tu esperanza: no eres salvo porque tu experiencia espiritual sea perfecta. Eres salvo si estás en Cristo, el Hijo perfecto, el Salvador suficiente, el amado del Padre.

Lectura completa del pasaje

Puedes leer el capítulo completo aquí.

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Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.

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