🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.).
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.”
Juan 1:14
Introducción
Antes de que existiera el mundo, antes de que hubiera cielo, tierra, tiempo, historia o humanidad, el Verbo ya era. Juan no comienza su evangelio presentándonos una idea, una doctrina fría o una palabra suelta. Juan nos lleva al Hijo eterno de Dios. El Verbo no fue creado, no apareció después, no está separado de Dios. El Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
Por eso, una explicación de Juan 1:1 sobre el Verbo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo debe llevarnos a adorar, no solo a entender. La Palabra no es una realidad independiente junto al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La Palabra es el Hijo eterno. El Padre se revela por medio del Hijo, y el Espíritu Santo nos lleva a conocer, creer y glorificar al Hijo.

Contexto
El evangelio de Juan fue escrito para mostrar quién es Jesús y para que, creyendo en Él, tengamos vida en su nombre. Juan no empieza con el nacimiento de Jesús en Belén, sino con su eternidad. Antes de la encarnación, antes del pesebre, antes de la cruz, el Hijo ya era.
Cuando Juan dice “el Verbo”, no está hablando de una palabra independiente de Dios, como si hubiera cuatro: Padre, Hijo, Espíritu Santo y Palabra. No. La Palabra es el Hijo. El Verbo es una persona divina. El Verbo estaba con Dios, en comunión eterna con el Padre, y el Verbo era Dios, verdadero Dios.
Después Juan declara que ese Verbo fue hecho carne. El Hijo eterno tomó naturaleza humana. No dejó de ser Dios. No fingió ser hombre. Se hizo verdaderamente hombre, sin dejar de ser verdaderamente Dios. Habitó entre nosotros, mostró la gloria del Padre y vino lleno de gracia y de verdad.
Esta verdad guarda nuestra fe. No adoramos una fuerza, una energía ni una idea espiritual. Adoramos al único Dios vivo: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y conocemos al Padre por medio del Hijo, porque Cristo es la revelación perfecta de Dios.
También puedes meditar en esta verdad en el devocional Dios se dio a conocer en Cristo.
La Palabra no está separada de Dios: la Palabra es el Hijo
La Biblia no nos llama a tratar la Palabra como algo aparte de Cristo. La Escritura escrita da testimonio de Cristo, y Cristo, el Verbo eterno, revela al Padre. El Espíritu Santo abre nuestros ojos para entender la Palabra y llevarnos al Hijo.
Por eso necesitamos corregir nuestra manera de pensar. No podemos decir: “Dios por un lado, Cristo por otro, el Espíritu por otro, y la Palabra por otro”. Esa no es la enseñanza bíblica. Dios es uno. Y en la única esencia divina hay tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu de Santo. El Verbo es el Hijo eterno.

Tres razones para cambiar
I. Porque nuestro corazón puede convertir la Palabra en algo separado de Cristo
El pecado no solo nos lleva a hacer cosas malas. También tuerce nuestra manera de ver a Dios. Podemos leer la Biblia buscando frases que nos gusten, consuelo para seguir igual, argumentos para defendernos o respuestas rápidas para calmar la conciencia. Pero si leemos la Palabra sin venir a Cristo, estamos perdiendo el centro.
La Palabra de Dios no fue dada para alimentar una religiosidad sin rendición. La Escritura nos conduce al Hijo. Nos muestra nuestra necesidad, descubre nuestro pecado, rompe nuestro orgullo y nos llama a mirar al Salvador.
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Juan 1:3
Cristo no es un añadido a la fe cristiana. Cristo es el centro. Todo fue hecho por Él. Todo depende de Él. Todo encuentra su propósito en Él. Si hablamos de la Palabra pero no llegamos al Hijo, nos quedamos con sonido religioso, pero sin vida.
Por eso debemos cambiar. Debemos dejar de usar la Biblia como si fuera solo un recurso espiritual y volver a ella como la Palabra de Dios que nos lleva a Cristo. La Palabra no está por encima del Hijo ni separada del Hijo. La Palabra es el Hijo eterno, y la Escritura escrita da testimonio de Él.

II. Porque debemos escuchar al Padre mirando al Hijo
Dios no se ha revelado de cualquier manera. El Padre se ha dado a conocer en el Hijo. Nadie conoce al Padre correctamente si rechaza al Hijo. Nadie honra al Padre ignorando a Cristo. Nadie entiende la Palabra de Dios si la separa de aquel que es el Verbo hecho carne.
El creyente debe abrir la Biblia con humildad. No para dominar a otros. No para llenar la mente de información sin obediencia. No para escoger solo lo que le agrada. Debe abrir la Biblia para escuchar a Dios, arrepentirse, creer, obedecer y descansar en Cristo.
“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.”
Juan 5:39
Jesús reprendió a quienes estudiaban las Escrituras pero no venían a Él. Ese peligro sigue presente. Se puede tener conocimiento bíblico y, aun así, resistir al Hijo. Se puede hablar de doctrina y no rendirse a Cristo. Se puede citar la Biblia y vivir lejos de la obediencia.
La respuesta bíblica es volver al Señor con un corazón humilde. Cuando leas la Palabra, pregunta: “¿Qué me muestra esto de Cristo? ¿Qué pecado descubre en mí? ¿Qué obediencia me pide? ¿Qué consuelo me da el evangelio? ¿Cómo me llama el Señor a confiar más en Él?”.
El Espíritu Santo no nos lleva a una espiritualidad vaga. El Espíritu glorifica a Cristo. Nos convence de pecado, nos guía a la verdad, nos hace mirar al Hijo y nos fortalece para obedecer al Padre.

III. Porque cuando confiamos en el Hijo recibimos vida y luz
Juan no dice solamente que Cristo hablaba de vida. Dice que en Él estaba la vida. Esto es precioso. El pecador no necesita solo una explicación. Necesita vida. El creyente cansado no necesita solo una frase bonita. Necesita volver a Cristo. La Iglesia no necesita solo actividad. Necesita permanecer en el Hijo.
“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.”
Juan 1:4
Cristo es la vida porque Él es Dios. Cristo es la luz porque revela al Padre y descubre nuestro pecado. Su luz no viene para entretenernos, sino para sacarnos de las tinieblas. Su gracia no viene para dejarnos igual, sino para salvarnos, limpiarnos y enseñarnos a vivir para Dios.
Cuando confiamos en el Hijo, dejamos de sostener nuestra fe en ideas sueltas. Descansamos en una persona viva: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Él vino a nosotros. Él cargó nuestro pecado. Él murió en la cruz. Él resucitó. Él nos reconcilia con el Padre. Él nos da vida eterna.
La confusión empieza a ceder cuando Cristo ocupa su lugar. La Palabra escrita nos lleva al Hijo. El Hijo nos revela al Padre. El Espíritu Santo aplica la verdad al corazón y nos hace caminar en fe, arrepentimiento y obediencia.

Cristo es el centro
El Verbo fue hecho carne. Esta es una verdad que debe humillarnos y consolarnos.
El Hijo eterno no se mantuvo lejos de nuestra miseria. Vino al mundo. Entró en nuestra historia. Vivió entre pecadores sin cometer pecado. Obedeció perfectamente al Padre. Mostró gracia y verdad. Tocó al quebrantado, llamó al pecador, confrontó la hipocresía, anunció el reino de Dios y entregó su vida en la cruz.
Cristo no vino solo a explicarnos quién es Dios. Vino a reconciliarnos con Dios. Nuestros pecados nos separaban del Padre. Nuestra culpa era real. Nuestra oscuridad era profunda. Pero el Hijo vino como luz. Murió por pecadores. Resucitó con poder. Y ahora llama a todo hombre al arrepentimiento y a la fe.
El Padre nos recibe por medio del Hijo. El Hijo nos salva por su obra perfecta. El Espíritu Santo nos da vida, nos convence, nos santifica y nos lleva a confesar que Jesucristo es el Señor.
Por eso, cuando hablamos de la Palabra, no hablamos de algo independiente de las tres personas divinas. Hablamos del Hijo eterno, el Verbo, que estaba con Dios y era Dios. Y cuando abrimos la Escritura, no buscamos una religión sin Cristo. Buscamos al Señor que nos habla, nos corrige, nos consuela y nos transforma.
Puedes seguir profundizando en esta dependencia de la Palabra en el devocional Vivir de toda palabra de Dios.
Lectura completa del pasaje
Puedes leer el capítulo completo aquí.
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Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.
Ministerio
Tres razones para cambiar

