“Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos.”
Judas 1:3
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“Contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos.”
Judas 1:3
Introducción
Hay una preocupación real en muchos creyentes. Ven cómo, poco a poco, algunas iglesias dejan de hablar con claridad del pecado, del arrepentimiento, de la cruz, de la santidad, de la autoridad de la Palabra de Dios y de la necesidad de nacer de nuevo. No siempre ocurre de golpe. A veces entra con palabras agradables, con apariencia de amor, con lenguaje moderno, con deseos de parecer relevantes, pero termina debilitando el evangelio.
Por eso necesitamos escuchar lo que Dios dice en Judas 1:3. Cuando pensamos en el peligro del movimiento liberal en las iglesias y cómo defender la fe según Judas 1:3, la respuesta bíblica no es adaptar el evangelio a una cultura cambiante, sino contender por la fe que Dios ya entregó a su Iglesia.
Contexto
Judas quería escribir sobre la salvación común, pero tuvo que cambiar el tono de su carta. ¿Por qué? Porque ciertos hombres se habían introducido encubiertamente entre los creyentes. No venían negando todo de forma abierta desde el primer momento. Entraban dentro, usaban lenguaje religioso, pero convertían la gracia de Dios en libertinaje y negaban con sus obras al único Soberano, nuestro Señor Jesucristo.
Este texto es muy necesario para la Iglesia en España y en cualquier lugar. Una iglesia no puede edificarse sobre los caprichos cambiantes de una cultura alejada de la voluntad de Dios. La cultura cambia, la opinión pública cambia, las modas cambian, pero el evangelio de Cristo no cambia. La Iglesia no recibe autoridad del mundo. La Iglesia recibe autoridad de Cristo, que es la Cabeza.
Ya hemos meditado en otros peligros semejantes, como la confusión espiritual según 2 Timoteo 4:3-4
Judas no llama a la Iglesia a ser violenta, orgullosa o carnal. Llama a contender por la fe. Es decir, a guardar, proclamar, obedecer y defender la verdad revelada por Dios, cueste lo que cueste. No defendemos nuestras preferencias. Defendemos el evangelio. No peleamos por tradiciones humanas. Permanecemos firmes en Cristo y en su Palabra.
Tres razones para cambiar
I. Porque el corazón humano prefiere una fe sin arrepentimiento
La Iglesia no cambia el evangelio para agradar al mundo. El problema no empieza fuera solamente. Empieza en el corazón. El hombre pecador quiere un dios que no confronte, una gracia que no transforme, una iglesia que no llame al arrepentimiento y un Cristo que salve sin reinar.
El movimiento liberal, cuando abandona la autoridad de la Escritura, termina ofreciendo una fe acomodada al deseo humano. Habla de amor, pero sin santidad. Habla de inclusión, pero sin conversión. Habla de Jesús, pero no del Cristo crucificado y resucitado que llama al pecador a negarse a sí mismo y seguirle.
“Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo.”
Judas 1:4
La Iglesia debe despertar. No todo lo que usa palabras cristianas viene de Cristo. No toda enseñanza que suena compasiva es fiel a la Palabra de Dios. La verdadera gracia no justifica el pecado; la verdadera gracia nos lleva a Cristo, nos perdona, nos limpia y nos enseña a vivir para Dios.
II. Porque debemos responder con fidelidad, no con miedo
Judas dice: “contendáis ardientemente”. Eso no significa gritar más fuerte. No significa atacar personas con orgullo. Significa permanecer firmes en la verdad, predicar todo el consejo de Dios, enseñar la sana doctrina, corregir con mansedumbre y no vender el evangelio por aceptación social.
La Iglesia en España no necesita parecerse más al mundo para alcanzar al mundo. Necesita parecerse más a Cristo. Necesita púlpitos fieles, pastores temerosos de Dios, creyentes llenos del Espíritu Santo, familias edificadas sobre la Palabra, jóvenes arraigados en la verdad y miembros que amen a Cristo más que la aprobación de los hombres.
“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo… que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.”
2 Timoteo 4:1-2
La respuesta no es encerrarnos en temor. La respuesta es predicar la Palabra. La respuesta no es rebajar el mensaje para que nadie se ofenda. La respuesta es hablar la verdad en amor. La respuesta no es cambiar la doctrina para llenar edificios. La respuesta es confiar en el poder del evangelio inmutable.
III. Porque cuando confiamos en Cristo, la Iglesia permanece firme
Cristo no ha abandonado a su Iglesia. Él la compró con su sangre. Él la sostiene. Él la purifica. Él la guarda. Por eso, aunque vengan corrientes falsas, aunque la cultura presione, aunque algunos abandonen la verdad, el verdadero creyente no debe desesperarse.
La esperanza de la Iglesia no está en su capacidad de adaptarse, sino en el Señor que reina. Cristo venció el pecado, venció la muerte, resucitó con poder y sigue edificando su Iglesia. Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.
“Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”
Mateo 16:18
Cuando confiamos en Cristo, no nos volvemos blandos con el pecado, pero tampoco nos volvemos duros sin amor. Lloramos por la confusión, oramos por los engañados, llamamos al arrepentimiento, cuidamos la doctrina y anunciamos que hay salvación en Jesucristo para todo aquel que cree.
Cristo es el centro
Cristo no vino a confirmar una cultura. Cristo vino a salvar pecadores. No murió en la cruz para que la Iglesia buscara la aprobación del mundo, sino para presentar un pueblo santo, redimido y celoso de buenas obras.
Él responde al peligro de la falsa doctrina con su propia verdad. Él es el camino, la verdad y la vida. Él no cambia. Su evangelio no necesita ser modernizado, suavizado ni corregido por la cultura. El Hijo de Dios fue crucificado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Por eso llamamos al pecador al arrepentimiento y a la fe.
El creyente descansa en Cristo porque sabe que la Iglesia le pertenece a Él. Pero ese descanso no nos hace pasivos. Nos hace fieles. Nos hace velar. Nos hace amar la Palabra. Nos hace obedecer. Nos hace contender por la fe sin negociar con el pecado y sin perder la compasión por los perdidos.
Para meditar
¿Estoy dispuesto a permanecer fiel a Cristo y a su Palabra aunque la cultura me presione para callar, suavizar o cambiar el evangelio?
Lectura completa del pasaje
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Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.
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