Devocional diario en la Palabra de Dios


Llorad con los que lloran

🎧 Escucha un breve podcast basado en este devocional (5 min aprox.)

“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.”
Romanos 12:15

Introducción

Hay momentos en los que el dolor no viene solo por lo que hemos perdido, sino también por la ausencia de quienes esperábamos cerca. Cuando muere un padre, una madre o alguien amado, el corazón queda herido. Y si en medio de ese dolor sentimos que la iglesia, los pastores o los hermanos no estuvieron presentes, esa ausencia puede sentirse como una segunda herida.

Tal vez hubo desconocimiento. Tal vez hubo cansancio. Tal vez hubo circunstancias que otros no vieron. Pero el Señor no nos llama a defendernos primero, sino a amar con verdad. Dolor por la ausencia de la iglesia: cómo llorar con los que lloran según Romanos 12:15 nos lleva a mirar a Cristo, a cuidar el corazón herido y a aprender a acompañar mejor como cuerpo del Señor.

Contexto

Romanos 12 viene después de una profunda enseñanza sobre la gracia de Dios, el pecado del hombre, la justificación por la fe y la misericordia recibida en Cristo. Pablo no separa la doctrina de la vida. Después de mostrar lo que Dios ha hecho por nosotros, nos llama a presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.

La vida cristiana no es solo creer verdades correctas. Es vivir esas verdades con un corazón transformado. Por eso Pablo habla del amor sin fingimiento, del servicio, de la paciencia, de la hospitalidad, de la bendición hacia los enemigos y de esta frase tan sencilla y tan profunda: “llorad con los que lloran”.

Esto significa que el creyente no puede vivir indiferente al dolor de su hermano. La iglesia no es un lugar donde cada uno carga solo con su duelo. La iglesia es un cuerpo. Y cuando un miembro sufre, los demás son llamados a acercarse con amor, humildad y compasión.

En este mismo espíritu, también puede ayudarte leer el devocional sobre la amistad que refleja el corazón de Dios: AMISTAD QUE REFLEJA EL CORAZÓN DE DIOS EN PROVERBIOS 18:29

Cuando el dolor necesita presencia, no defensa

A veces una respuesta puede ser cierta, pero no sanar. Puede ser cierto que no supimos lo que estaba pasando. Puede ser cierto que no vimos una llamada. Puede ser cierto que también estábamos cargados. Pero cuando alguien expresa dolor, lo primero no debería ser defendernos, sino escuchar.

El corazón pastoral no es un corazón perfecto, pero sí debe ser un corazón enseñable. Y el corazón herido tampoco debe dejar que la amargura gobierne. Ambos necesitan volver a Cristo.

Tres razones para cambiar

I. Porque el dolor ajeno no debe encontrarnos indiferentes

Cuando alguien dice: “sentí ausencia”, no está haciendo simplemente una queja. Está mostrando una herida. Está diciendo: “me dolió estar solo en un momento en el que necesitaba consuelo”. Y eso debe ser escuchado con cuidado.

Romanos 12:15 nos enseña que el amor cristiano no es distante. Dios no nos manda decir frases correctas desde lejos. Nos llama a acercarnos. Nos llama a llorar con el que llora. Nos llama a sentir como cuerpo el dolor del hermano.

“Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.”
Gálatas 6:2

La ley de Cristo se cumple amando. No amando de palabra solamente, sino cargando, escuchando, orando, acompañando y estando presentes cuando el hermano atraviesa un momento difícil.

El pecado nos puede hacer duros. Nos puede hacer mirar solo nuestras cargas. Nos puede hacer responder con prisa, con defensa o con frialdad. Pero Cristo nos llama a cambiar. Nos llama a tener un corazón sensible, no sentimental, sino bíblico; un corazón que ve al hermano y no pasa de largo.

II. Porque la respuesta bíblica es humildad, arrepentimiento y perdón

Cuando hay una herida entre hermanos, todos necesitamos examinarnos delante de Dios. El que ha sufrido debe cuidar su corazón para no alimentar resentimiento. Y el que no estuvo presente debe preguntarse con humildad si pudo haber amado mejor, escuchado mejor o acompañado mejor.

Aquí conviene recordar algo importante. Al revisar el lenguaje bíblico, la Escritura no pone el énfasis en la frase “pedir perdón” entre hermanos como una fórmula, sino en perdonar, confesar el pecado, arrepentirse y buscar la reconciliación. En el Padre Nuestro sí decimos a Dios: “perdónanos nuestras deudas”, porque a Dios no podemos perdonarle nada; somos nosotros quienes necesitamos su perdón. Pero entre creyentes, el llamado claro del Señor es a perdonar como Dios nos perdonó en Cristo.

“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”
Efesios 4:32

Esto no significa negar el daño. No significa decir: “no pasó nada”. Tampoco significa justificar la frialdad o la ausencia. Significa que, si hemos fallado, debemos reconocerlo con humildad, confesar nuestra falta, buscar la paz y dar fruto de arrepentimiento. Y si hemos sido heridos, Cristo nos llama a perdonar, no porque el dolor no importe, sino porque nosotros también hemos sido perdonados por Dios.

El perdón no nace del orgullo. Nace de mirar la cruz. Allí Cristo cargó con nuestros pecados. Allí Dios nos mostró misericordia. Allí aprendemos a tratar al hermano no como enemigo, sino como alguien que también necesita gracia.

III. Porque Cristo consuela donde la presencia humana falló

La iglesia debe acompañar, pero la iglesia no es el Salvador. Los pastores deben cuidar, pero los pastores no son Cristo. Los hermanos deben estar presentes, pero incluso el mejor hermano puede fallar. Solo Cristo es el Pastor perfecto.

Por eso, cuando una ausencia duele, el creyente no debe correr primero hacia la amargura, sino hacia el Señor. Cristo sabe lo que es ser abandonado. Cristo sabe lo que es sufrir. Cristo sabe lo que es llorar. Él no mira el dolor desde lejos.

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia.”
Hebreos 4:15-16

El trono de Cristo no es un lugar frío. Es trono de gracia. Allí puede ir el hijo que ha perdido a su padre. Allí puede ir el hermano que se sintió solo. Allí puede ir el hermano que reconoce que no siempre ha cuidado como debía. Allí hay misericordia, corrección, consuelo y dirección.

Cuando confiamos en Cristo, el dolor no desaparece de golpe, pero deja de gobernarnos. La herida ya no tiene la última palabra. Cristo la tiene.

Cristo es el centro

Cristo lloró ante la tumba de Lázaro. Él sabía que iba a resucitarlo, pero aun así lloró. Eso nos enseña que la esperanza cristiana no nos hace fríos. La fe verdadera no elimina la compasión. El que cree en la resurrección también puede llorar con el que llora.

Cristo también fue a la cruz por nuestros pecados. Allí llevó nuestra culpa, nuestra indiferencia, nuestro orgullo, nuestra falta de amor y nuestra dureza. Murió y resucitó para reconciliarnos con Dios y para formar un pueblo que aprenda a amar como Él amó.

Por eso, si estás herido por la ausencia de otros, mira a Cristo. Él no estuvo ausente en tu mayor necesidad. Él vino a salvarte. Él permanece contigo. Él te llama a descansar en su gracia y a no dejar que el resentimiento endurezca tu alma.

Y si has estado ausente ante la necesidad de un hermano, mira también a Cristo. No para esconderte, sino para arrepentirte. No para justificarte, sino para aprender a cuidar mejor. Cristo no te llama a defender tu imagen, sino a amar a su Iglesia.

El Señor nos llama a llorar con los que lloran, a perdonar como hemos sido perdonados, a reconocer nuestras faltas con humildad y a caminar juntos para la gloria de Dios.

Para meditar

¿Estoy respondiendo al dolor de mi hermano con la compasión de Cristo, o con defensa, distancia y orgullo?

Lectura completa del pasaje

Puedes leer el capítulo completo aquí.

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Si necesitas ayuda o consejo, puedes contactar con el pastor Jesús Morcillo, quien estará dispuesto a escucharte y orar contigo.

Ministerio
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